Una visión de Cassandra que no va a gustar a nadie

PeterILUNo cesa de generar literatura el caso de Cassandra Vera. No es para menos. De nuevo, una situación concreta sirve de muy ilustrador ejemplo de cuáles son nuestros males endémicos como sociedad. El asunto reviste interés por muchísimos aspectos diferentes. Está lleno de matices. Es casi un homenaje a la escala de grises, y quizá por eso no termino de ver una postura que termine de satisfacerme por completo. Vamos a intentar ordenar las piezas.

Cassandra Vera ha pasado una parte no despreciable de su corta vida tuiteando cosas horribles. Estos comentarios de red social han circulado con profusión en las últimas semanas. El resumen podría ser que, a criterio de Vera, cualquier persona que no piense como ella merece la muerte. El fondo y la forma son verdaderamente nauseabundos. Parecen el reflejo de una estructura intelectual, digamos, endeble y de una asunción de los valores de la convivencia democrática, en el mejor de los casos, dudosa. En la primavera de 2016, la Guardia Civil -muy ocupada en los delitos de odio difundido en Internet tras una cierta presión social- actúa contra ella. El motivo son una serie de tuits, publicados a lo largo de tres años, con bromas de pésimo gusto sobre el atentado perpetrado por la banda terrorista ETA contra Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973. Como bien han recordado estos días en el diario El Mundo tanto Santiago González como Rosa Díez, no se la acusa de enaltecimiento del terrorismo, sino de realizar actos que conllevan “descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas de los delitos terroristas o de sus familiares”, como recoge el artículo 578 del Código Penal. El asunto acaba juzgado ni más ni menos que en la Audiencia Nacional, competente para esa clase de acusación. El tribunal acepta la condena que pide el fiscal y condena a Vera  un año de pena de prisión. No puede considerarse una sentencia afortunada. Lo dije de manera algo menos elaborada hace unos días, precisamente, en un tuit.

De todo esto se derivan varios asuntos colaterales de enorme interés. El primero refiere a la sobrejudicialización que vivimos desde hace algunos años. Ignoro si cabría hablar aquí de exceso de celo por parte de la Guardia Civil. Tampoco estoy en condiciones de opinar sobre el rigor con que se haya aplicado el Código. Pero parece sobredimensionado sentar en un banquillo y establecer antecedentes penales a una pobre individua por las majaderías que haya dicho en una red social. ¿Por qué siempre parece que un debate social no termina de dirimirse si no interviene un tribunal? Pasó con Guillermo Zapata o con los titiriteros. Los comentarios del primero eran inaceptables para cualquier aspirante a servidor público. La actuación de los segundos era insostenible en el contexto en que se realizó. Y, sin embargo, la obsesión por llevarlo a la vía judicial ha contribuido al martirologio de unos y otros.

Hay un segundo aspecto en el que se puede profundizar, y que he apreciado deslizado en las numerosas tertulias que han comentado el asunto. Tiene que ver con la personalidad objeto del atentado del que se mofa Vera. Ningún demócrata puede tener el menor aprecio, personal o político, por la figura de Carrero Blanco. Sin embargo, y he aquí una cuestión relacionada con algo tan poco común en la España de hoy como los principios, hacer un distingo, sea del tipo que sea, entre las víctimas de la banda terrorista ETA abre un camino más que incierto. Es probable que Carrero Blanco mereciera ser juzgado por delitos de lesa humanidad, e incluso haber terminado sus días en la cárcel. De ahí a ver con buenos ojos que una banda terrorista acabe con él hay un abismo. Cierta derecha contesta con desdén a la izquierda, así como provocando, que Franco murió en la cama. No nos falta ardor guerrero.

Hay una circunstancia personal en la biografía de Cassandra Vera que ha sido esgrimida con escasa fortuna tanto por defensores como por detractores. Es un error entrar ahí. No aporta nada a la cuestión de fondo y, por tanto, sólo va a embarrar el terreno. Personas como Cassandra Vera son un mal social por el odio que insuflan en las redes -porque son las redes el único medio del que disponen para hacerlo-. Esa otra circunstancia no puede servir ni para el comentario hiriente -porque sería caer a su subterráneo nivel- ni para convertirla en exponente de los problemas de colectivo alguno.

Y eso nos da pie para hablar de otro de los males de nuestro tiempo que tan bien quedan ejemplificados en el affaire Cassandra. ¿Por qué tenemos que glorificar hasta la náusea a una persona sólo porque haya sido objeto de una sentencia judicial que consideramos injusta? El papelón que ha hecho Podemos en este sentido es de los que hacen época. La individua está siendo paseada por platós televisivos e incluso por debates de cierta aspiración (ejem) intelectual. La interfecta ha llegado incluso a querer dar pena con el daño que la desafortunada sentencia pueda tener sobre su futuro laboral. Lo contó hace 30 años de manera magistral Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades. (¿Contaría como autocita?). El torticero periodista Peter Fallow (¡ay!) dibuja, a través de sus informaciones en un diario neoyorquino, una imagen beatífica del joven negro Henry Lamb, en coma tras ser atropellado en un embarullado suceso por el coche en el que viajan el tiburón de las finanzas Sherman McCoy y su amante María Ruskin. Como si hiciera falta esa falsa santidad para no merecer tan cruel destino. El uso que hace del testimonio de uno de los profesores de instituto del muchacho -algo así como “un alumno que no me apuntara con una pistola era un buen alumno”- era el mejor ejemplo. Veo a Pablo Iglesias con Cassandra a las puertas del Congreso y me acuerdo de la adaptación al cine que Brian De Palma hizo de la citada novela, con aquel reverendo Bacon (John Hancock) basado en Al Sharpton sirviéndose de la madre de Lamb en cuanta comparecencia pública pudiera. ¿Tan difícil es dudar de la sentencia sin hacer la menor sombra de elogio sobre tan despreciable ser? “(…) a partir del momento en que una persona de 21 años puede quedar marcada para siempre por una gracieta hay que manifestarse de inmediato a su favor, eso es lo urgente, lo que debemos hacer”, dice Elvira Lindo en El País. Bueno. Pero ojito con convertir la conducta de esta mujer en algo distinto de lo reprobable.

Supongo que quedan pocos días para que ya nadie hable de Cassandra Vera. Será de agradecer. Es de esos asuntos en los que el foco se abre tanto que acabamos apareciendo todos en la foto. Y ninguno salimos bien.

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El boicot como excusa

Rápido resumen. El 19 de septiembre de 2015 no fue el mejor día en la vida de Fernando Trueba. Y eso que la cosa prometía: recibía el Premio Nacional de Cinematografía que otorga el ministerio del ramo, que la tradición dicta que se entrega en el (incomparable marco del) Festival de San Sebastián.

Quizá incómodo por lo rimbombante del galardón, o por venir de manos de un gobierno del Partido Popular (PP) o sepa Dios por qué otra razón, Trueba patinó. Quiso hacerse el gracioso, jugar con una ironía de muy dudosa eficacia y optó por decir lo que todos ustedes ya saben. Una torpeza, una patochada, unas palabras huérfanas de la menor gracia y muy dudosas desde las más elementales “buenas maneras” a partir del momento en que el director acepta el premio de manera voluntaria y procede a embolsarse los 30.000 (públicos) euros con los que está dotado. Un “gracias” y cuatro obviedades hubieran bastado. Es curioso que la misma persona que estuvo brillante en aquel memorable discurso de aceptación del Óscar metiera tanto la pata en otro, a priori, mucho más sencillo.

La reacción adversa fue mayoritaria. Y no hubiese estado de más que cierta izquierda mediática le hubiera afeado la conducta. Desde la opinión publicada de derecha, ferocidad. Pero eso es por desgracia la tónica general de nuestra sociedad cuando cualquiera de los dos extremos ve posibilidad de hacer sangre en el otro.

Ya casi no tenía remedio.

En estas, que Trueba pone en marcha una ambiciosa producción: la segunda parte de La niña de tus ojos (1998). Bajo el título de La reina de España, la productora del director consigue reunir al estelar elenco de aquella –Penélope Cruz incluida-, con incorporaciones de relumbrón tanto patrias –Javier Cámara, Ana Belén– como foráneas –Cary Elwes, Mandy Patinkin o Clive Revill, memorable conserje del hotel de Avanti! (Billy Wilder, 1972)-. La cosa ronda, dicen, los 11 millones de euros. Poca broma.

La película está lista para el estreno el 25 de noviembre, fecha dentro del rango fetiche del director, que dice que estrenar alrededor del puente de diciembre le trae suerte. Atresmedia está detrás, con todo lo que eso supone a la hora de promocionar la cinta en los medios del grupo. Nada es suficiente: la película cosecha un rotundo fracaso en su primer fin de semana en taquilla.

La explicación a este indudable fiasco es demasiado atractiva para los medios de comunicación que necesitan impactos constantes de duración efímera. La relación causa efecto se da por hecha, vista las distintas campañas que desde sectores ideológicamente muy conservadores se han llevado a cabo en las redes sociales.

Ha habido honrosas excepciones pero, por regla general, el tratamiento de la noticia ha sido un penoso ejemplo de los males que aquejan hoy día al periodismo. Es obvio que el lamentable discurso de Trueba no le iba a hacer sumar espectadores. Sin embargo, cabe pensar que fueran más los que estaban dispuestos a perdonarlo pasando por taquilla si ofrecía una propuesta que fuese de su indudable interés. Una cosa es el director de cine y otra el discursista patoso. Respecto a los promotores del boicot, qué quieren que les diga, tengo mis serias dudas. Algo -imposible de probar, lo reconozco- me dice que no hubieran pasado por caja para ver La reina de España aunque su director no hubiese abierto el pico aquel día de septiembre.

Pongamos, por favor, las cosas en su contexto. El divorcio entre Fernando Trueba y la taquilla española no viene de ahora. La niña de tus ojos fue, de hecho, su último (aunque ciertamente muy importante) éxito. Desde entonces, sus películas han oscilado entre las 303.123 entradas que vendió El embrujo de Shanghai en 2002 y los 55.769 que fueron a ver El milagro de Candeal en 2004. Muy poquito. Y más teniendo en cuenta la envergadura de los proyectos en los que se suele embarcar. Ni consiguiendo una nominación al Óscar con la cinta de animación Chico y Rita (2010) consiguió datos relevantes en taquilla. Antes de que muchos de los que hoy llaman a no ver su película supieran que era, Fernando Trueba ya tenía un serio problema con los espectadores españoles. Él, que tantas alegrías dio a los productores –Andrés Vicente Gómez, especialmente- en las décadas de 1980 y 1990.

La reina de España es la secuela de un gran éxito, sí. Pero llega a las pantallas 18 años después. Sería ocioso detenernos a subrayar todo lo que ha cambiado. Los jóvenes que hoy acuden a las salas no la recuerdan.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en la mañana de su estreno, la prensa nacional se mostraba llamativamen fría respecto a la película. Como para pensarse pagar 10 euros por ella.

Todo suma. O resta. Nadie duda que La reina de España tiene visos de convertirse en un importantísimo fracaso económico. Pero convendría analizar con mayor serenidad los motivos.

Número de espectadores de las películas dirigidas por Fernando Trueba desde La niña de tus ojos (1998)

  1. Calle 54 (2000). 68.661 espectadores.
  2. El embrujo de Shanghai (2002). 303.123 espectadores.
  3. El milagro de Candeal (2004). 55.769 espectadores.
  4. El baile de la victoria (2009). 271.553 espectadores.
  5. Chico y Rita (2010). 156.768 espectadores.
  6. El artista y la modelo (2012). 80.832 espectadores.