La segunda duele menos

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Rajoy, exultante, saluda desde el balcón de la sede del PP en la calle Génova de Madrid, flanqueado por su esposa Elvira Fernández y por la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal./AFP

PeterILUVamos a jugar a un juego. Imaginemos que el resultado del 26J se hubiera producido el 20D. El Partido Popular (PP) habría protagonizado un importante descalabro: se deja por el camino casi 3 millones de votos, 12 puntos porcentuales y la friolera de 49 escaños. Su grupo parlamentario -137- es menor al que tuvo durante sus dos legislaturas de oposición a Rodríguez Zapatero -148 y 154-. De una cómoda mayoría absoluta pasa a necesitar casi 40 diputados externos para aprobar cualquier ley. Un desastre que confirmaría la imagen de un Mariano Rajoy incapaz de olfatear por dónde va esa cambiante sociedad española cuyo Gobierno preside. Y todo mientras el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se desploma, la confluencia de Podemos e Izquierda Unida (IU) irrumpe con inusitada fuerza en un tercer grupo político y Ciudadanos se asienta ni más ni menos que con 32 diputados.

Sin embargo, el resultado del domingo no procede de 2011, sino del pasado mes de diciembre. La condición de “repetidas” de estas elecciones legislativas lo marca todo. La política, como el fútbol según Valdano, también son sensaciones. Y es ahí dónde la jugada de Rajoy -muy dudosa desde el punto de vista ético- se ha demostrado redonda en lo estratégico. Pedro Arriola también resucita, a su manera. El PP ha desarrollado una campaña ramplona que se ha demostrado enormemente efectiva. No es que haya vida más allá de Twitter; es que es allí dónde está la verdadera vida. La mejora (evidente) respecto a diciembre ha instalado a Génova en la euforia. Es normal, pero resulta previsible que acabe llegando un bajón. En estos meses mediocres toda la política nacional ha girado en torno a la formación de gobierno. Es importante, claro, pero no es más que el primer paso en el desarrollo normal de una legislatura. Cuando Rajoy lo supere -esperemos que sea así, el resultado es el que es nos guste o no- se encontrará de repente con la dificultad, evidente desde el punto de vista meramente aritmético, de la aprobación cotidiana de las leyes. El día a día legislativo no va a ser fácil. Pero -volvemos a lo mismo- después del infernal tablero de diciembre, parece un SPA.

Rajoy y su peculiar estilo salen muy reforzados. No estoy seguro de que sea algo necesariamente bueno para el PP. El tiempo dirá.

EL PSOE sólo gana a las encuestas

El PSOE ha obtenido su peor resultado histórico por tercera vez consecutiva. El dato debería hablar por sí solo. Y, sin embargo, no andan del todo cabizbajos en Ferraz 70. Y todo porque no se ha producido el “sorpasso” (¡qué gusto dejar de oír la expresión!) que pronosticaban las encuestas. Es un error. Para bien o para mal, las encuestas nunca deben ser un indicador. No dejan de ser proyecciones, predicciones de futuro. Es la historia electoral la que marca la pauta. Ahí no tiene Pedro Sánchez ningún asidero. No entiendo muy bien la alegría de quedar el segundo. Y tampoco se me alcanza qué de bueno puede traer. ¿Dónde tienen el suelo los socialistas? No lo sabemos.

Cualquier atisbo de política de bloqueo sería un patinazo. Hay que ayudar a formar gobierno. La legislatura tiene que arrancar. Y luego ya…

Unidos Podemos en la dura realidad 

La misma repetición que beneficia al PP perjudica -¡y de qué manera!- a la candidatura de Unidos Podemos. Qué fiasco sin matices. Exactamente los mismos escaños que obtuvieron Podemos e IU por separado. Ni uno más ni unos menos, como si fuera un cruel guiño del destino. Ninguna cifra ilustraría mejor el fracaso del empeño. Un millón de votos perdidos en estos seis meses. Dice Narciso Michavila que la demoscopia no supo ver el perfil abstencionista de buena parte de sus votantes. No les culpo. Pocos electores se han mostrado más movilizados. Supongo que hemos sobrevalorado el orgullo exhibicionista -ay, las redes sociales- del seguidor de UP frente a la actitud más reservada de quién se decanta por otras opciones.

Si a Julio Anguita, autor intelectual de la idea del dichoso “sorpasso”, le llegan a decir que una plataforma abrazada al viejo Partido Comunista de España (PCE) iba a obtener 71 escaños en el Congreso, habría entrado en el nirvana. No hay que olvidar que el mejor dato del PCE/IU hasta la fecha eran 23 diputados. Pero estas eran unas elecciones repetidas. (Por si no había quedado claro hasta ahora).

A ver qué tal se reponen del golpe. No será fácil: de repente, asumen aura de perdedores. Y no sólo eso: de palanca de cambio pasan a ser percibidos como obstáculo. Solo servirían para dividir el voto de la izquierda y perpetuar a la derecha. Sólo el PSOE, a pesar de los pesares, se configuraría como alternativa. Danger, danger. Zapatero ganó dos veces gracias a eso.

Ciudadanos busca su sitio 

Lo siento, Albert, pero lo de que “el centro político español ha llegado para quedarse” lo dije yo primero. Bromas aparte, el resultado de Ciudadanos es el más agridulce. No se lo van a creer, pero vamos a volver hacer parada en la idea de que estamos ante unos comicios repetidos. Sólo así pueden verse como escasos sus 32 representantes. (Vaya arranque tibio del recuento… sumado a las encuestas a pie de urna, llegué a preguntarme si Rivera dimitiría). Es un señor grupo parlamentario, el segundo más numeroso de un cuarto partido nacional -sólo superado por el de ellos mismos en diciembre- y 13 diputados por encima del mejor resultado del Centro Democrático y Social (CDS) de Suárez en 1986. Ahora da más juego político: podrá exigir a Rajoy cambios de fondo y forma en cada ley si quiere que sea aprobada.

Pero eso no puede desviarnos de algunas realidades. Se han ido al garete 8 escaños y medio millón de votos. Cuando te mueves en el (meritorio) entorno de los 3 millones es bastante. La campaña de Albert Rivera no ha sido buena. El mensaje que ha llegado al votante medio ha girado, casi en exclusiva, sobre los pactos post-electorales en general y sobre el (absurdo) veto personal a Rajoy en particular. Uno puede vetar políticas. Pero no personas. ¿Qué quieres cambiar de Rajoy? Pídeselo. Los vetos personales acaban siendo un freno al propio ejercicio de la política.

Así las cosas, se echó de menos en la alocución de Rivera un mínimo -¡algo!- de autocrítica. Tuvo razón en todo lo que dijo, pero no asumir la menor responsabilidad personal resultó algo demasiado parecido a la “vieja política”. No se le dibuja mal panorama. Sus escaños son menos pero más decisivos. La actividad legislativa “normal” puede ayudarles a que su discurso centrista cale. Insistimos en que es un partido muy parecido a la realidad sociológica española. Debería sacarle más rédito.

Algunas cosas buenas 

La jornada electoral ha dejado algunas cosas buenas. La fundamental: es muy difícil que la obscenidad de repetir unas elecciones vuelva a producirse. Ahora ha sucedido por un factor fundamental: nadie estaba satisfecho con su resultado de diciembre. Es difícil que se repita en el futuro porque se extraerá la lección de que sólo uno de los actores en liza le sacará provecho. Demasiado parecido a la ruleta rusa. Lo del fracaso de las encuestas es harina de otro costal. No es la primera vez que se equivocan, pero nunca antes el dibujo general estaba tan errado. De ahí sale otra cosa buena: gracias a eso, un día de elecciones nunca es aburrido. El día que todos los sondeos “claven” un resultado, se habrá perdido la gracia. Perdonen la frivolidad.

En medio de la euforia del balcón de Génova, me pareció ver, tomando posiciones, una cabellera cana que coronaba una tez bronceada. Achiné los ojos para confirmar mis sospechas: era Javier Arenas. Ah, el nuevo tiempo político.

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