La mirada de las personas sin hogar

WINNIESILU

Las personas sin hogar que viven en la calle forman parte de nuestro paisaje urbano. Tan presentes y tan desconocidos. Su situación es de exclusión máxima, cuando su realidad, el sinhogarismo, puede erradicarse.

Al pensar en personas sin hogar la mente vuela hacia los que viven en la calle. Sin embargo, según la tipología europea Ethos, las personas sin hogar no son solo quienes viven en la calle, sino también quienes no tienen vivienda y duermen en lugares como albergues, aquellos cuya vivienda es insegura –están pendientes de desahucio o en una casa ocupada– y los que tienen una vivienda inadecuada como una chabola. Los más visibles son quienes viven en la calle, forman parte de nuestra rutina urbana, lo que no quiere decir que nos sea conocida.

“El sinhogarismo no es solo no tener un hogar, es un desarraigo, es soledad, falta de perspectivas, de proyectos, de confianza, a veces también es resignación”, explica Fernando Vidal, presidente de RAIS Fundación, por no mencionar que es exclusión extrema y pobreza. “La gente nunca acaba en la calle por una sola circunstancia”, apunta Jesús Sandín, responsable del Programa de Atención a Personas sin Hogar de Solidarios para el Desarrollo. “Todos en nuestra vida vivimos una serie de sucesos traumáticos, pero tenemos una familia y una red de amigos que nos van a apoyar para que los superemos”, dice Jesús. Pero, “¿qué pasa si al primer suceso traumático le encadenas un segundo, un tercero, un cuarto y no tienes ese apoyo familiar y social?”, pregunta. “La gente llega a la calle después de varios golpes en la vida”, añade Fernando, y tras haberse quedado sola. Es evidente que si tú vienes de un “entorno marginal tienes muchas más posibilidades de acabar en la calle”, explica Jesús, lo que no quita para que también se den casos de “vidas muy estructuradas hasta que llega un momento en que la cosa se va al garete”, añade Mª Elena Ayuso, de la Secretaría Técnica de Faciam. “Nosotros trabajamos con personas de la calle que son universitarios, empresarios, ejecutivos que nunca se habían imaginado en esa situación”, dice Jesús. Tantas historias como personas hay viviendo en las calles de nuestro país: gitanos rumanos, personas con enfermedades mentales, con adicciones, con discapacidad, jóvenes, ancianos, africanos, españoles y un larguísimo etcétera.

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Francisco tiene 22 años, lleva desde los 18 en la calle. Estrella Martínez

No aceptan la ayuda, no quieren ir a los albergues

Uno de los estigmas que acompaña a las personas que viven en la calle es que no aceptan la ayuda. Esto es completamente falso, muchos sí la aceptan –comedores, centros de día, roperos–, lo que ocurre es que en relación a los albergues, ellos eligen la calle. Lo que no nos preguntamos es por qué. Un sin hogar de Las Palmas, que prefiere no dar su nombre, me cuenta que él lleva 20 años en la calle y ahora vive en el Aeropuerto de Barajas, en la T4. “Yo antes utilizaba recursos, pero pienso que deberían, sin ánimo de ofender a nadie, hacer una repartición porque hay un desequilibrio. Nos juntan a todos, a los alcohólicos, a los toxicómanos, a los que estamos bien en el mismo sitio y eso repercute un poco, por la convivencia me refiero”. Un albergue “no es una vivienda digna”, protesta Jesús. “Más allá de la convivencia está el tema de derechos, no se respeta el derecho a la intimidad, por ejemplo”, que recoge la Constitución. “No eliges con quién duermes, si tienes una pareja dónde tienes relaciones íntimas, dónde invitas a un amigo, dónde pones tus recuerdos íntimos, tus fotos…”. Y es que el “albergue no es la solución, es un dispositivo de emergencia, es un lugar al que llevar a la gente durante unos días cuando se ha desbordado un río, por ejemplo”, continúa Jesús. Pepe Otaola, presidente de Bokatas, completa esta denuncia, “consideran el sinhogarismo como una emergencia y no como una causa real de exclusión, no van al problema, a que realmente esa persona vive una situación dramática”.

El trabajo en red que todos realizan va en esta línea de ofrecer una ayuda más eficaz. “Necesitamos atender de un modo más integral a las personas y sobre todo no resignarnos a que deben quedarse ahí”, dice Fernando. “Ellos mismos se ven dependiendo de cómo tú los veas, dependiendo de lo que tú les ofrezcas, y cuando tú ofreces recursos dignos, la gente se ve con mucha mayor dignidad. El problema está en nuestra mirada, en la falta de fe en las personas y en las grandes capacidades del ser humano.” Hasta ahora, “nadie ha sido capaz de decirle a esa persona con nombre y apellidos que le va a dar una solución con nombre y apellidos”, completa Pepe. Estos nombres y apellidos son fundamentales, ¿cómo vas a atender igual a una persona con una enfermedad que a una mujer que lleva 40 años en la calle, o a un chaval de 18 años, o a un inmigrante?, se pregunta Jesús. Y esta atención “no hay que hacerla desde una posición de lástima, sino que es una posición de derecho, de justicia. A esta gente no hay que ayudarla, hay que incluirla”, defiende Pepe.

El sinhogarismo no es inevitable

Este apoyo personalizado basado en el respeto a los derechos se debería hacer siempre teniendo como máxima la erradicación del sinhogarismo. “Hace falta voluntad política y una estrategia que comparta muchas áreas, no puedes decir solo alojamiento, solo empleo o solo salud”, defiende Mª Elena. “Se podría sacar a bastante gente de la calle con una política de alquiler social de verdad, muy social, no de 600 euros”. También con “políticas de empleo, ya hay colectivos que tienen políticas de discriminación positiva, como las personas con discapacidad, para que puedan trabajar”, pero con las personas sin hogar no existe esta posibilidad. “Obviamente hay personas en la calle que solo necesitan un trabajo y pueden volver a rodar en seguida, pero si ya tienes unos años de calle tu psicología se va mermando, tus capacidades, tu autoestima, recuperar a esa persona requiere tiempo”, dice Mª Elena, pero se puede conseguir. Y no hay que olvidar que “esta persona va a pagar impuestos y va a cotizar a la Seguridad Social”, apostilla Jesús.

Para erradicar el sinhogarismo RAIS Fundación acaba de poner en marcha una iniciativa radical y pionera en España que viene avalada por muy buenos resultados en lugares como Estados Unidos. Se llama housing first y consiste en dar un hogar a las personas que están en situación de calle y que se encuentran más deterioradas. Fernando es optimista, “gente que no quería ir a ningún sitio, que no aceptaba los albergues, que no quería los servicios, que a veces tenía trastornos mentales graves aceptó ir a un piso y cuatro años después el 80% sigue en él”, explica esperanzado. Como sociedad tendemos a pensar que la vivienda no es un derecho, “sino algo que te tienes que ganar”, se queja Mª Elena. De ahí que un programa como este es fácil que sea malinterpretado como un regalo, cuando de lo que volvemos a hablar es de derechos. Es “intolerable, la sociedad no puede tener a personas sin hogar, es un problema abordable, tenemos medios para hacerlo”, añade Fernando.

Hola, encantada de conocerte

El Ayuntamiento de Madrid afirma en su web que las personas sin hogar “constituyen un grupo social que busca el anonimato en la mayoría de los casos”. En RAIS creen que “los desconocimientos, tópicos y prejuicios están muy arraigados y generan culpa, vergüenza o aislamiento en las personas sin hogar”. Todos me advierten de que no suelen querer aparecer en los medios, y así es. Solo dos, de todas las personas con las que ha hablado, aceptan. Más de uno se alarma cuando digo que soy periodista, menos mal que poco después recuperamos el buen ambiente que se había creado. Cada uno tiene sus motivos para no querer salir, “yo en mi país era camarero y ahora…si aparezco así… No sé, pienso que tengo que tenerme un respeto.” Dicho esto, la relación con ellos no solo es posible, sino necesaria, pues una de sus mayores carencias es precisamente esta. “El cambio que tiene que suceder es desde la exclusión a la inclusión”, dice Pepe, y para conseguirlo “nos tenemos que conocer, vincularnos”. Esta relación puede provocar cambios, “lo hemos visto, cuando una persona está arropada puede dar el paso y tener la determinación de salir de la calle”, prosigue. Solo conociendo se puede ofrecer esa ayuda con nombre y apellidos.

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Los voluntarios de Bokatas se sirven del bocadillo para iniciar una relación con las personas que viven en la calle. Estrella Martínez

Conocerse y crear vínculos es lo que hacen los voluntarios de las distintas rutas nocturnas de Bokatas y Solidarios por las calles de Madrid y otras ciudades españolas. “Solo construyendo poco a poco esta relación vas a comprender lo que realmente le ha pasado a esa persona”, explica Pepe. Al final de lo que se trata es de generar una relación de confianza, “tú vas a confiar en mí, pero yo también voy a confiar en ti”. Como explica Paz Villanueva, coordinadora de las rutas del distrito de Arganzuela de Bokatas, “hablamos desde el respeto, no incidimos en la pena, no juzgamos, les ofrecemos un brazo fuerte en el que apoyarse, no creamos falsas expectativas ni tratamos de solucionar los problemas inmediatamente”. Los chicos de Bokatas utilizan como excusa en las rutas un bocadillo y Solidarios café y galletas. De lo que se trata es “de generar una relación lo más horizontal posible, lo que implica compartir, más que dar, y recibir lo que la otra persona te pueda dar”, explica Jesús. Una persona que está en la calle está “en la situación del necesitado y muy poquitas veces le permitimos dar lo que tiene que ofrecer”. Este espacio de “intercambio y conocimiento”, como lo llama Jesús, hace que ellos sepan que “cuando quieran tirar hacia arriba para hacer lo que sea, se pueden apoyar en nosotros”, continúa Paz. Y es que no todas las personas en situación de calle quieren abandonarla y para muchos otros es muy difícil hacerlo. “La calle supone un trauma psicológico y un profundo desgaste físico”, explica Fernando, por lo que no siempre es sencillo para ellos salir, y menos cuando no se les dan los recursos que realmente necesitan. Esa relación con el voluntario supone un puente con la sociedad, un vínculo necesario para que ellos puedan decir lo que necesitan, lo que quieren, quiénes son y, del mismo modo, asumir sus responsabilidades. Un puente vital, pues, frecuentemente, se sienten invisibles. “Demasiada gente es la que ignora. Solo miran por ellos mismos y deberían mirar a los demás también, empatía, es como si no existiéramos para la gente”, me dice Francisco, que vive en la calle. “Yo nunca pensé que acabaría en la calle. Mi madre falleció y estuve en un piso de acogida. A los 18 años me dijeron que tenía que buscarme la vida” y desde entonces está en la calle, ahora tiene 22. Gracias a los distintos recursos “no me falta de nada”. Afirma que no le preocupa estar en la calle, que lo ve como “algo pasajero”, y aún así, salir de la calle “es lo único que pido”.

Salir de ruta con los voluntarios de Solidarios y Bokatas por las calles más céntricas de Madrid y por las que no lo son tanto es ver que un gran número de personas en situación de calle van a tu encuentro con una sonrisa en la cara y un abrazo preparado como el que das a cualquier amigo. Salir con ellos es hablar sobre un pasaporte caducado y qué hacer para renovarlo, hablar sobre los cotilleos mientras hojeas revistas del corazón, hablar de fútbol, hablar de cómo colocar los cartones para que no entre la lluvia y bromear sobre el chalé adosado que van a construir. Es hablar sobre las ganas de volver al país de origen o sobre el deseo de permanecer en España, hablar sobre el trabajo o la falta de él, es hablar de política, de la hepatitis C, del Camino de Santiago, de que puedes sostener siete platos con una mano. Es hablar del castillo de Drácula. Es hablar de padres, de hijos, de nietos. Es hablar de lo dura que es la calle o de que no es para tanto. Es hablar bajo la luz de una farola para ver bien los libros que han traído las voluntarias y escoger uno para leer. Es hablar sobre la importancia de tener buen aspecto. Es hablar con un grupo de chavales muy jóvenes que nunca pensarías que están en la calle. Ya me advirtió Mª Elena, “en tu día a día te cruzas con gente que nunca dirías que está en situación de calle”. Y llevaba razón. Hablas con gente perfectamente vestida y con otros que sí encajan en el cliché del descuido y el desaseo. Hablas sobre el médico, “me toca mañana”, y de que acaba de estar ingresado, “tenía una habitación para mí solo, estuve muy bien, tenía tele y la tuve todo el día puesta”. Es hablar con gente nueva a la que acabas de conocer porque antes no estaba en esa zona. Es hablar con un viejito que está en sus cartones y decirle si quiere una galleta –no suelen coger más de una– y que te responda con una gran sonrisa: “¡Mientras no sea en la cara!”. Es hablar durante horas sabiendo que a veces lo que te cuentan no es verdad, pero que llegará un día en que sí lo sea. Es hablar con alguien que tiene un trastorno mental y que te cuenta una serie de cosas inconexas. Es hablar del tiempo, que vuelva el frío para ellos es algo más que una conversación de ascensor. Es hablar sobre música sufí. Es hablar por señas cuando el idioma es una barrera y ver que alguien se agacha para escribir con el dedo en el suelo el año de su nacimiento.

Salir de ruta es asistir a discusiones y formar parte de ellas. Es entristecerte y discutir con una persona en situación de calle que está en contra de que se ayude a los que no son españoles como él. Es reírse. Es dar la enhorabuena cuando una voluntaria anuncia que la han ascendido en el trabajo. Es ver que mucha gente tiene ganas de charla, tanta que incluso algunos se unen al grupo de voluntarias para hacer parte de la ruta mientras hablas de lo divino y lo humano. Es despedirte de una señora que tras darte un soberano abrazo y desearte una feliz noche te dice que espera verte la próxima semana. Es sentirte protegida cuando alguien que ha bebido más de la cuenta tira una botella y, antes de que podamos reaccionar, el resto de las personas sin hogar que están presentes se ponen en marcha para poner orden y tranquilizar los ánimos. Es despedirte y que alguien que se ha puesto tenso cuando le he dicho que soy periodista, te diga: “Eres bienvenida a venir aquí siempre que quieras”.

Salir y conocer a las personas en situación de calle es disfrutar de su mirada. En muchos ojos hay tristeza, como era de prever, pero esta tristeza muchas veces se impregna simultáneamente de una alegría tierna y cercana. Pocas personas “con hogar” regalan miradas así.

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2 pensamientos en “La mirada de las personas sin hogar

  1. que pasa?? que no te gusta la verdad a ti tampoco?.Ves como predicas y criticas lo que veo que demuestras que eres?.Igual que los que marginan a los sin hogar!!?

  2. Que buena oportunidad de conocer una realidad que no detectamos si no nos llega esto. Fuerte, desgarra y es real. Gracias ISA por haberme introducido en esta realidad. tu Padre, un gran beso.

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