Uber, el nuevo enemigo

Olga Diaz

¿Qué pensaría si mañana un juez prohíbe el uso de WhatsApp porque ha terminado con el negocio de SMS de las compañías telefónicas? ¿Y si le penalizaran por prestar dinero a un familiar al suponer un agravio para los bancos? ¿Qué pasaría por su cabeza si un juez le niega poder ver un partido de fútbol en su casa con sus amigos porque está perjudicando el consumo en los bares?

Esto es, a efectos comparativos, lo que está ocurriendo con Uber.

El servicio de transporte privado Uber, que pone en contacto a usuarios y conductores a través de su aplicación móvil, está en el núcleo de la polémica. Desde que comenzara a operar en España, la pasada primavera en Barcelona y en septiembre en Madrid, cuenta con una legión de incondicionales seguidores y otra de férreos detractores. Entre estos últimos, el colectivo de los taxistas a la cabeza. Uber actúa bajo el paraguas de la economía colaborativa cuya raíz comienza en las posibilidades que ofrece internet para la optimización de bienes y servicios gracias a la puesta en contacto de personas que los ofrecen con otras que los demandan. Ley de oferta y demanda pura y dura. Los taxistas están en pie de guerra y acusan a la empresa de competencia desleal, falta de profesionalidad, ausencia de seguro, etc.

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Uber

 

Entiendo su malestar y carezco de animadversión alguna hacia ellos, no obstante, puntualicemos.

  • El sector del taxi es un monopolio (similar al de farmacias y estancos) y por esta razón es tan caro. A menudo, ofrece una calidad bastante mejorable.
  • En cuanto al pago de impuestos, Uber paga la fiscalidad que le corresponde en España y no es la única que opera en este país y cuyo domicilio social radica en un paraíso fiscal (leáse Rayanair, Apple, y un largo etc.). El particular que ofrece su coche recibe ingresos extra con la obligación de declararlos.
  • Los taxistas se quejan de las altas licencias que tienen que pagar. El problema es que han utilizados esas licencias para lucrarse ya que ellos mismos han elevado los precios para especular con ellas hasta llegar a la actual ‘burbuja’ en la que se mueven estos permisos. El alto coste de la licencia de taxi es una ‘mordida’ del ayuntamiento al taxista y, además, una ‘mordida’ que le da el taxista vendedor al taxista comprador. Los usuarios no tenemos que ser los pagadores de las mismas. Si cuando un taxista se jubila, tuviera que devolver su licencia al ayuntamiento por el mismo precio que pagó, seguramente no serían tan caras.
  • Todo vehículo cuenta con un seguro para cubrir a terceros. Los coches de Uber cuentan, además, con el respaldo de una empresa valorada en más de 30.000 millones de euros que opera en 50 países.
  • La profesionalidad de los taxistas, por experiencia propia, depende de quién te coja. Al igual que algunos son amables y diligentes, personalmente, otros me han intentado engañar en el recorrido, se han negado a llevarme si la carrera era corta y en ningún caso me han ofrecido wifi gratis, una botella de agua y la posibilidad de valorar su atención y servicio, algo que sí ocurre con Uber.

Los taxistas obvian en sus protestas los privilegios de los que disponen a la hora de comprar un vehículo, cuyo IVA se desgrava, el apoyo en subvenciones y las rebajas en gasoil. Echan pestes ante una competencia inherente al sistema en que vivimos y a la materialización de nuevas formas de operar económicamente. Imagino que los conductores de coches de caballo alegaban las mismas razones y se daban, igualmente, de bruces cuando comenzaron a fabricarse vehículos de motor.

New York Times

New York Times

 

El mundo cambia, progresa y avanza. Quizá sería mejor adaptarse a los nuevos modelos y mejorar sus propios servicios ante la competencia que perseguir, amenazar e incluso agredir a aquellos que se prestan a ofrecer una alternativa al ciudadano, desde mi experiencia, bastante impecable. Como ejemplo, tenemos al empresario hotelero Kike Sarasola quien, en lugar de declarar la guerra a Airbnb (que pone en contacto casas particulares con usuarios), ha decidido crear un negocio alternativo a sus hoteles que compite directamente con esta aplicación. Uber no engaña a nadie. El cliente contrata un servicio consciente de que es prestado por un particular. Quien lo prefiera puede llamar a un taxi. Uber responde a las necesidades de un sector de consumidores que quiere moverse en un coche con chófer pero que no está contento con el servicio del taxi.

La guerra de los taxistas e incluso del Gobierno no responde a un honorable deseo de transparencia ni a un asunto puramente legal y/o fiscal. Más bien, procede de la pérdida de ganancia económica que representa para ambos. No quieren entender que las reglas del juego económico han cambiado con la llegada de internet y que, por mucho que se empeñen, no se pueden poner puertas al campo. Al final, el usuario quiere variedad para elegir y una relación calidad precio que le compense. No podemos seguir utilizando las leyes que se crearon antes de internet porque todo ha cambiado e imponer lo que uno puede o debe comprar se llama dictadura.

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