Chusma, chusma, chusma

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PeterILU

Vamos a ser francos: tanto usted como yo pensábamos que Chespirito había muerto hace años. Pero no. El protagonista de El Chapulín Colorado y El chavo del ocho nos acompañaba en el mundo de los vivos hasta hace apenas unas horas. En el momento de escribir estas líneas, hay tres Trending Topics en Twitter relativos a su fallecimiento. No es extraño. La red social del pío pío tiene su punto fuerte en la franja de población que vivió su infancia en la época de apogeo de ambas series.

Mi DNI refleja la suficiente edad como para que recuerde la llegada de las parabólicas a los domicilios de la gozosa clase media española de finales de los 80. En la Comunidad de Madrid todavía no emitía ni la autonómica, con lo que, en plena década de los yuppies y el walkman, sólo podíamos ver las dos cadenas públicas del estado. El zapping era una utopía. Mi precocísima teleadicción me permite recordarlo. (No soy tan mayor). Así pues, estas antenas que ahora Monago confunde sin duda con la televisión de pago por satélite, fueron una pequeña revolución. La euforia, una vez instalada en la azotea la paellera correspondiente, duraba poco. Se pasaba de dos a una multitud de canales, sí. Pero éstos se caracterizaban por estar hablados en otras lenguas. En aquel entonces, el poliglotismo del español medio era todavía peor que el de hoy en día. Excúsese decir en un mocoso. Por eso, todos esas nuevas ofertas televisivas surgidas como de la nada interesaban muy poco. Todas excepto una: Galavisión. La versión internacional de Televisa, que programaba a casi todas horas las series de Chespirito, permitió que los niños de entonces nos sintiéramos más próximos a México que a países vecinos como Francia o Portugal.

Ya entonces, El Chavo y El Chapulín se veían viejos -habían empezado a producirse en los 70- y cutres. Y, sin embargo, a todos nos encantaban. Ya sea por lo simplón de su humor -una comicidad muy física, unida a una serie de latiguillos que enseguida incorporabas a tu vocabulario y que se repetían en cada episodio- o por la gracia intrínseca que nos hacían el acento y las formas de expresarse. Era muy fácil engancharse a toda la programación, a través del anzuelo de Chespirito. No saber si estabas en Madrid o en el DF. Desarrollar una enorme prevención a beber agua “de la llave”, por más que tus mayores te dijeran que del Canal de Isabel II no había nada que temer.

Es difícil encontrar hoy el rastro de la España que creyó asomarse al mundo a través de la parabólica. Tampoco nosotros somos ya aquellos niños. Algún cursi diría que tampoco ahora somos el adulto que entonces soñábamos. Bah, los aguafiestas. Chusma, chusma, chusma.

Que no panda el cúnico. No cuentan con nuestra astucia.

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