El viaje de Alain: ni bueno, ni bonito, ni barato

WINNIESILU

Dos años y medio pasaron desde que Alain salió de su país y llegó a Málaga. Aviones, tren, barco y un tramo a nado, que fue el que le llevó desde el lado marroquí de la frontera al español. Un profesor que eligió entre la tumba o la maleta.

 

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CEAR

“Soy Alain Diabanza Ndukidi. Soy de la República Democrática del Congo. Salí de mi país en octubre de 2002 porque las condiciones eran inhumanas para vivir”.

Como hacen los norteamericanos con sus series de televisión, el viaje de Alain desde la zona centro de África hasta España merece un spin-off de mi último reportaje.

Alain habla con fluidez, aunque algunas de sus expresiones, giros y palabras delatan su origen extranjero. Es un gran comunicador que recuerda su país como un lugar “conocido por el coltán, un mineral con el que se fabrican los móviles, los ordenadores, las tabletas… Y esta riqueza natural en vez de traernos el trabajo, la paz, nos ha traído la guerra civil, la dictadura”. Las cifras bailan, pero lo que es seguro es que en el conflicto armado han muerto millones de personas, incluido un tío de Alain. Esta situación “obliga a gente como yo, un día sí y otro también, a hacer la maleta para huir”. La falta de libertad presidía la vida de Alain, “te obligaban a entregarte al ejército para luchar, incluso a los niños. Veíamos abusos a mujeres y niñas pero no podíamos decir nada porque teníamos que estar siempre apoyando al Gobierno”. Alain se sentía “como una persona sin cabeza que no podía pensar, eran los demás los que pensaban por mí”.

Por todo ello, “me vi obligado a salir, o la tumba o hacer la maleta”. Tomada la decisión, la meta era Europa. Gracias a su trabajo como profesor de francés, fue ahorrando para poder irse. En África es imposible obtener un visado para viajar a Europa salvo que seas una persona influyente. Por eso, “como no tenía medios para llegar directamente, me fui primero a Angola”, al sur de su país, donde vivió dos años. En Angola siguió enseñando y “haciendo un poco de comercio vendiendo en el mercadillo” para volver a ahorrar y poner rumbo al norte en junio de 2004, a Senegal, país donde estuvo tres días y desde el que viajó a Marruecos.

El concepto ahorro en la piel de Alain alcanza unas dimensiones irreales para muchos. Como profesor ganaba 40 dólares, de ahí la necesidad de completar su sueldo con ese “poco de comercio”, hasta alcanzar los “más de 3.000 dólares” que le costó el viaje desde su país hasta Marruecos. Alain no utilizó “el camino del desierto”, sino “el visado –para dentro de África sí te lo dan si tienes dinero– y el avión para ir del Congo a Senegal y de ahí a Marruecos”. Los ahorros de Alain se acabaron al llegar a nuestro país vecino y fue allí donde la cara más dura de su viaje se hizo visible. “Desde lejos pensamos que llegar a Marruecos es llegar a Europa, pero es una idea equivocada. Está cerca geográficamente, pero políticamente está muy, pero que muy, lejos. No tenía medio económico para vivir, pero tienes que buscar la solución para llegar sí o sí”. La solución incluye opciones como la patera, “pero es muy costoso. En aquel momento eran 600 euros, así que tenía que buscar algo que no costara mucho”. El vuelo de Alain había llegado a Casablanca, de ahí viajó en tren a Rabat. Fue en la capital marroquí donde oyó hablar de la opción de saltar las vallas fronterizas, alternativa más económica por la que se decidió, así que se trasladó a la montaña de Fnideq, localidad que está a menos de 10 kilómetros de Ceuta. “Cuando llegué a la montaña y vi las vallas lloré. Empecé a ver la realidad de la situación. Vi gente lesionada por las cuchillas, gente a la que habían devuelto. Pensar que cuando yo lo intentara iba a pasar por lo mismo… Pero una persona salta porque no le queda nada.”

 

La vida en la antesala de las vallas

“Al llegar a la montaña de Fnideq te encuentras una organización, no es que tú llegas hoy y directamente empiezas a intentar saltar la valla”. En esta montaña había “una comunidad” de unas 800 personas divida en países. En este grupo hay un líder, “que generalmente es la persona de más antigüedad”. Alain recuerda que la convivencia era muy buena, a pesar de que “el problema no falta donde hay comunidad humana, pero está muy bien organizado y hay un reglamento. Imagínate que dos personas se pelean, pues tienen que salir de la montaña y no pueden volver hasta seis meses después”.

“Cuando llegas al Fnideq tienes que pagar 5 euros”, un dinero que te permite comprar material para construir una casa tipo chabola en la montaña y objetos como mantas. “Cuando uno no tiene dinero, como yo, no te echan, lo que haces es fabricar casas para otros y después se considera como que ya has pagado”. Construida la casa, el orden establecido marca que hay que pagar entre 80 y 100 euros para obtener “el puesto”, una manera de ordenar los saltos a la valla. Los que no tenían dinero, como Alain, “pasamos entre cinco y seis meses prestando servicios a la comunidad. Yo cocinaba, por ejemplo”. Pasados estos meses de servicios comunitarios, “eres como la persona que ha pagado su dinero”.

Alain hizo tres intentos infructuosos de salto. El congoleño recuerda que entonces “no se hacía igual que ahora”, que los saltos los hacen centenares de personas simultáneamente, entonces “éramos grupos de unos 20”. Él no tuvo la ocasión ni de trepar porque en las tres ocasiones fueron avistados por la Guardia Civil. “Cuando te localizaban, te enfocaban con un foco y la guardia marroquí venía para cogernos”. De vuelta a la montaña, comenzó a hablar con algunos de sus compañeros sobre la posibilidad de pasar a Ceuta nadando. “¡Pero si yo sé nadar! Mira, si entramos en el agua y rodeamos la valla, porque la misma valla que viene de la tierra entra hasta el mar profundo, tú estás en España”, les decía. “Ya había gente que había pasado así”, por lo que se animaron y crearon un grupo de siete personas para hacerlo. Esta opción de paso requería “un mono para bucear –para el frío del agua–, unas aletas para facilitar el nado y una cámara de aire de rueda de coche” para mantener a flote a los nadadores “en caso de cansancio”. Todo este material tenían que comprarlo, “pero no teníamos dinero”. Así que Alain practicó durante unos meses “la mendicidad”.

Alain no había pedido dinero en su vida. “Al principio sentí un poco de vergüenza. Es duro y también humillante. Uno piensa en su vida y se pregunta por qué mi país no me permite vivir. Se te viene eso a la cabeza, piensas en todo el tiempo que has estudiado, que te has machacado en la universidad”. Con el dinero que consiguió “compré las aletas y la cámara”, pero el “mono no, era muy caro”.

Con el material comprado, comenzaron a estudiar su travesía. “Vimos los días que no daban lluvia y decidimos pasar la madrugada del 10 de marzo”. Aprendieron las rutinas de la guardia marroquí y siguieron los consejos de la gente que había pasado así y “que te lo cuenta por teléfono”. Aguardaron “a un kilómetro o dos de la valla” para entrar en el agua, “porque cuanto más cerca de la valla, más seguridad hay”. Obviamente, cuanto más se alejaran, más tendrían que nadar para pasar a Ceuta. El grupo entró en el agua y comenzó a nadar. “Al llegar justo al límite de la valla nos localizó la Guardia Civil y nos puso el foco”, pero ellos siguieron nadando. “Al entrar a España vimos un barco de la Guardia Civil que venía hacia nosotros. Yo no entendía muy bien el español, pero, sabiendo portugués, más o menos podía entender que nos decían que nos diéramos la vuelta, pero nosotros nos quedamos quietos”. La patrulla se fue y el grupo continuó nadando. Poco después volvieron y los subieron al barco para llevarlos al puerto de Ceuta, “donde nos esperaban dos ambulancias que nos llevaron al hospital”. Después, la Guardia Civil los recogió “y nos llevaron a comisaría para tomarnos las huellas, los datos y nos mandaron al CETI –Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes–, donde tienes un lugar para dormir, para vivir.” Tres días después de ser registrado, Alain pidió asilo. Recibió la solicitud de asilo, “lo que llamamos la tarjeta amarilla”, y lo mandaron a la península, “que es como llamamos a la grande España”.

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CEAR

Destino Málaga

Dos meses después de llegar a Ceuta, en mayo de 2005, Alain salió en barco destino Málaga, a CEAR –Comisión Española de Ayuda al Refugiado–, “donde estuve un año viviendo en su centro y haciendo un taller de formación profesional y un curso de idiomas.” Acabado ese año consiguió trabajo en Algeco, una empresa de construcción, mientras que le fue denegada la solicitud de asilo, por lo que optó por pedir la residencia. Una vez que te la conceden “ya se puede ir renovando cuando uno está trabajando, y yo ya llevo siete años cotizando. Es verdad que he estado parado un poco de tiempo –por la crisis en la construcción–, pero como siempre he cotizado, he tenido facilidad para renovar el permiso de residencia”. A día de hoy es “cajero en Leroy Merlin y profesor particular de francés”. En sus ratos libres trabaja como voluntario en CEAR “enseñando el poco español que conozco a los inmigrantes”. Alain sigue viviendo en Málaga capital, está casado con una española con la que tiene una hija y espera un segundo bebé. Tiene un hermano que también salió del Congo y que ahora vive en Barcelona.

“En general yo me he sentido muy bien España, soy muy feliz. Con los españoles me he sentido en casa”. Cuando dejó su país, Alain buscaba “una vida digna, con libertad y respeto a los derechos humanos”. La ha encontrado en España, pero aún así lucha para mejorar las condiciones de todos aquellos que, como él, vienen de África. Es cara visible de la campaña de CEAR para eliminar las concertinas de las vallas y reclamar que se garanticen los derechos humanos en las fronteras.

Alain es consciente de que todavía hay quien no ve bien al inmigrante, por eso defiende que la mayoría “no venimos aquí para hacer el mal, venimos para mejorar nuestra vida y también para ayudar con nuestro trabajo a España, a Europa”. El congoleño quiere que quede muy claro que “ninguna persona es tonta dejando a su gente, a su familia, su tierra para arriesgar su vida saltando una valla o nadando –15 personas murieron este año haciendo la misma ruta marítima que él–. Lo hacemos con todo nuestro pensamiento en el sitio. Lo que hacemos es por una causa digna”.

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