Las concertinas tiñen de sangre los derechos humanos despistando nuestra atención

WINNIESILU

Una sangre que cubre los cuerpos de los que tratan de cruzar a España y que desvía la atención de quienes contemplamos la situación desde la península apartando nuestra mirada de las ilegalidades que se cometen en las fronteras españolas en África.

“Uno siempre busca ir donde piensa que su vida va a ser mejor”, por eso cuando Alain Diabanza, profesor de francés en República Democrática del Congo, “un país en guerra y sin libertad”, vio por primera vez las concertinas sobre la valla de Ceuta en 2004 lloró “al ver a la gente con las piernas cortadas, las manos… Pensar que cuando yo intentara saltar iba a pasar por la misma situación… Pero una persona acaba saltando porque no le queda nada”.

Estas concertinas se han convertido en la cara más sangrienta y visible del drama que viven las personas que, como Alain, tratan de entrar en España “buscando una vida digna”, como explica el congoleño. En los últimos meses las cuchillas son foco de campañas que piden su retirada de las vallas de Ceuta y Melilla. Una de estas iniciativas de recogida de firmas es la puesta en marcha por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), Esto hay que cortarlo. A pesar de ser una organización que depende del Gobierno, se sienten libres para hacer campañas e incluso litigar contra decisiones gubernamentales, “son las reglas del juego, los argumentos que defendemos siempre son lo que vienen en la ley”, explica Paloma Favieres, portavoz de CEAR y responsable de su Área Jurídica.

Un salto a la valla de Melilla. José Palazón

Un salto a la valla de Melilla. José Palazón

Las desoladoras imágenes que muestran los estragos que causan las concertinas han impulsado el protagonismo mediático de estas terribles cuchillas. CEAR no ha sido la única en alzar la voz contra su empleo. Quienes viven diariamente con las concertinas a la vista lo tienen claro, “las tendrían que haber quitado ayer, y mientras, Marruecos construyendo por su lado otra valla llena de cuchillas”, denuncia José Palazón, responsable de Prodein en Melilla, organización que  trabaja con los inmigrantes que llegan a la ciudad. Tanto Favieres como Palazón afirman que, aunque estén las concertinas, la gente sigue saltando igual, salvo en el caso de Ceuta, donde “se utiliza más la vía de la patera por razones que desconocemos”, explica Favieres. Una vía marítima que fue la que finalmente empleó Alain para llegar a España, tras tres intentos fallidos de saltar la valla.

La ley no se cumple

Las concertinas no están fuera de la ley, al igual que tampoco lo está que la Guardia Civil emplee material antidisturbios, pero, aún así, CEAR reclama también en su campaña que no se utilice. Como bien explica Alain Diabanza, “el respeto de los derechos humanos no se hace sólo en las oficinas y en los discursos, tiene que ser real en la práctica, incluyendo las fronteras”.

Con el protagonismo adquirido por las concertinas, no se debe perder de vista que, aunque éstas sean legales, en las fronteras españolas se realizan prácticas que no lo son, algo que también denuncia CEAR en la campaña. La Ley de Extranjería española “no se está cumpliendo”, afirma Favieres. “Nuestra ley –con sus modificaciones posteriores– es mucho más garantista que la de cualquier otro país de Europa, por eso no pido que la cambien, lo que quiero es que la apliquen”, denuncia. Postura que vuelve a compartir José Palazón. Según la ley, “el que salta la valla tiene derecho a un abogado, a un intérprete, a que se le identifique y a una tutela judicial efectiva”, continúa la jurista. Es a propósito de este incumplimiento de la ley cuando nace el famoso término “devoluciones en caliente”. Es el “Ministerio del Interior el que lo ha introducido para confundir a la opinión pública, para justificar sus acciones. Llama caliente a lo que es ilegal”, matiza. “Ellos se agarran a que la zona entre las vallas no es territorio español, lo que es una falacia”, prosigue. De ahí que los inmigrantes sean devueltos con facilidad, como si de una pelota que se ha salido del patio de recreo se tratara, a los marroquíes, obviando, por supuesto, sus derechos a un abogado, intérprete, etc. Con estas devoluciones ilegales “les estamos impidiendo además el acceso al proceso de protección internacional, muchos podrían ser refugiados, son potenciales solicitantes de asilo”, añade la jurista.

Tampoco se está cumpliendo con el funcionamiento establecido en los Centros de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta y Melilla. Favieres denuncia que están “desbordados”. Según Palazón, en el de Melilla “caben 450 y hay 2.000 inmigrantes, y esto es porque no hay un régimen de salida adecuado hacia la península. Los que llegan ahora se quedan atrapados allí”. Si esto sigue así, Palazón teme que dentro de un mes se multiplique esa cantidad, lo que consigue “que se cree una alarma tremenda en la población”, opinión que también comparte Favieres. A pesar de la crítica a la actuación gubernamental, tanto Favieres como Palazón reconocen la labor de los trabajadores en los CETI, que dependen directamente del Ministerio de Empleo. “Y que lo reconozca yo es raro”, afirma Palazón, “pero el director, Carlos Montero, que hay en el CETI de Melilla está haciendo un trabajo increíble, tiene una autoridad moral, que no la de la porra, y una empatía con los inmigrantes tremenda. Gracias a él las cosas no van peor”.

Inmigrante que estuvo cuatro horas subido en la farola esperando para saltar la valla. Firmado: José Palazón

Inmigrante que estuvo cuatro horas subido en la farola esperando para saltar la valla. Firmado: José Palazón

Llegados a este punto de acciones ilegales y de las que, sin serlo, tienen un más que dudoso sentido ético, José Palazón quiere resaltar el hecho de que “todo el problema se focaliza en la valla cuando el 70% entra por el paso fronterizo”. Palazón reconoce no tener datos oficiales, pero denuncia que “la mayoría entra por la puerta principal pagando 1.500 euros a los pasadores, un tema del que el Gobierno no habla porque no quiere reconocer que tiene un problema de corrupción, ya que las mafias están muy presentes en la frontera.”

Más allá de por dónde entren, la realidad es que la situación de nuestro país ha cambiado. Cuando Alain Diabanza llegó a nado a Ceuta en 2005 pensó que “había tenido mucha suerte, pero luego la gente en el CETI me empezó a decir que no, que no era suerte, que es que en la península necesitaban mano de obra barata y que por eso últimamente no estaban devolviendo a nadie”.  Efectivamente, “el discurso va cambiando en función de las necesidades que tengamos como estado. En época de bonanza a todos nos parecía bien que vinieran”, recuerda Paloma Favieres.

¿Y entonces qué?

Es más que evidente que la inmigración sigue siendo un tema clave al que tenemos que hacer frente como país. Da la sensación de que gran parte de la población siente que no existe una solución óptima a esta situación y que simplemente tenemos que afrontarla como nos ha tocado en suerte, cometiendo ilegalidades si es preciso. Pero esto no es cierto. El escritor Enrique Laso, que ha promovido también otra campaña para que se retiren las cuchillas, recuerda que las soluciones pasan “por una actuación más directa en los países de origen de las personas que vienen ilegalmente. Democratizar realmente esas zonas y permitirles un desarrollo sostenible son elementos clave”. Pero la ayuda que nuestro país destina a cooperación internacional ha caído “a niveles ridículos”, denuncia Laso, opinión que comparte Favieres. Según publiqué en abril, en los últimos seis años esta ayuda ha caído un 70%.

En el campo de la inmigración todavía los hay que piensan que el problema está en que vienen de manera ilegal y no siguiendo los cauces legales. Una teoría válida si no fuera porque resulta irreal: “El visado es para las familias ricas, los hombres de negocio, pero a la gente como yo ninguna embajada le da un visado”, explica Alain Diabanza. “Hoy por hoy no hay manera, si eres africano, de llegar a España por vías legales”, remata Paloma Favieres. Por este motivo, José Palazón defiende que “esto no se va a solucionar hasta que no haya un método de acceso normal. La frontera nadie la va a quitar de momento, pero tiene que haber una puerta abierta para poder cruzarla cumpliendo unos requisitos mínimos que sean para todos los africanos y que no sea un visado imposible de conseguir. El día que eso llegue, ya no tendrán que saltar la valla y podrán tener permisos de trabajo o de turismo”. Palabras que completa Paloma Favieres, “nosotros no decimos que echen abajo las fronteras, esto es demagógico e inviable, entre otras cosas porque la Unión Europea nunca lo permitiría; sólo decimos que no se puede violar la ley y que hay que respetar los derechos humanos”.

Y mientras el debate sigue candente llegamos a olvidarnos de quienes lo protagonizan. “La gente tiene que ver a los inmigrantes como personas que queremos dignificar nuestra vida porque atrás estamos dejando el infierno”, pide Diabanza. Palazón, por su parte, deja aflorar la tristeza al relatar: “Cuando viajo por países de África o América siempre hay alguien que me pregunta: ‘José, por qué no podemos ir a Europa. Qué tenemos nosotros que no podemos ir allí’. Siempre me quedo chafado, no sé qué contestar porque yo pienso que el mundo tiene que ser igual para todos, que nadie tiene que ser distinto a usted o a mí”.

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2 pensamientos en “Las concertinas tiñen de sangre los derechos humanos despistando nuestra atención

  1. Precioso articulo y muy bueno desde el punto de vista literario. Demoledor desde el punto de vista humano. ¿ como podemos permitir esto los que nos decimos cristianos? gracias por hacerte portavoz de los sin voz

  2. Coincido con mi compañera en todas sus apreciaciones sobre el artículo.
    No sabía que “hacías estos buenos trabajos” que los conoces, los sientes, los documentas y nos los das a conocer…Es una verguenza lo que sucede, ahí y en montones de lugares del mundo… y miramos para otro lado y no hacemos nada.
    Felicidades Estrella, sigue en esa línea y haber si estos dramas se les dan soluciones … por este y otros medios de comunicación y denuncia.

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