La Nochebuena nunca será igual

PeterILU

Pertenezco a esa generación que, aunque ya empiece a no poder llamarse “joven”, no ha conocido otra forma de Estado que la monarquía de Juan Carlos I. Súmese a lo anterior una cierta aversión natural a cualquier cambio en el escenario cotidiano. El resultado es una cierta sensación de vértigo.

¿Por qué ahora? La pregunta no cesa de repetirse, dando lugar a muy variadas respuestas. Ninguna me resulta satisfactoria. Por más que le doy vueltas, no consigo encontrar un momento peor para tomar una decisión así en los últimos treinta años de Historia de España. En medio de una fuerte contestación institucional, la corona se la juega en un relevo que es un triple salto mortal. No sé cómo reaccionaré la próxima vez que escuche eso de que Felipe es el heredero mejor preparado para reinar. Lo raro sería que no lo fuera, dado que no ha tenido otra ocupación en la vida que entrenarse para el gran momento. Lo que está en juego es mucho más. Los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo auguraban un fin de ciclo. Pero Zarzuela no ha esperado a ver si se confirmaba o no. La monarquía, firmemente asentada en el papel que Juan Carlos I desempeñó al renunciar a ser el sátrapa que la legalidad franquista le hubiera permitido, y luchar por establecer una democracia que es un milagro, va a tener que enfrentarse a una fuerte contestación sin el escudo protector de la propia figura del Rey saliente. ¿Qué puede esgrimir ahí Felipe? Su exquisita preparación no tiene ni la mitad del valor que las maniobras para que prosperara la Ley para la Reforma Política, el éxito que cristaliza en la Constitución de 1978 o el freno en seco de la intentona golpista del 23-F. Explícale tú porqué tiene que reinar Felipe VI al adolescente que enarbola la tricolor en Sol y que ansía la mayoría de edad que le permitirá votar a Podemos.

i.

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Dicen analistas tan finos como David Gistau o Ignacio Camacho que el Rey se va ahora porque el parlamento actual es el último del Antiguo Régimen. Aceptamos barco. Pero no se negará que a esas Cortes les queda año y medio. Seguro que de aquí a su disolución habrá un mejor momento para plantear una operación de tan extraordinaria delicadeza.

El Rey ha cometido fallos de gran importancia, especialmente en el último lustro. No supo entender el cambio que habían experimentado los españoles, a los que tan bien conocía en la década de 1970. No se percató de que los privilegios que la generación de la Transición podía tolerar -sirviéndose de la estrategia de “mirar para otro lado”- no tenían ni medio pase para sus hijos. Es de ahí de dónde vienen los elefantes de Botsuana. Los excesos privados sufragados con fondos públicos. Pero estaba a tiempo de enmendarse. Para ello sólo tenía que ser el que fue. Reconocido lo anterior, cuesta no destacar lo bueno por encima de todo. Sí, hombre. Los radicalismos han conseguido que defender la Transición esté mal visto. Manda narices.

Después de siglos enfrentada, España encontró un sistema en el que cabían unos españoles… y otros españoles. Que no quería que una mitad pasara por el rodillo a la otra mitad. Un genuino régimen de convivencia. Así dicho, parece poca cosa. Sólo sabiendo de dónde venimos se comprende la importancia de lo conseguido en su justa -o sea, enorme- proporción. Como dice Javier Cercas en la edición especial que ha tirado por la tarde El País: “…ahora mismo el dilema real de este país no es el que obliga a elegir entre monarquía y república, sino el que obliga a elegir entre mejor o peor democracia. O dicho de otra manera: prefiero mil veces vivir en una monarquía como la sueca que en una república como la siria, y no veo qué parte del problema del paro, de la educación o de la sanidad resolveríamos sustituyendo por una república la monarquía.”

Corren malos tiempos para las certidumbres. Se tiene la sensación de que se avecinan cambios. Por desgracia, son imposibles de predecir. Qué raro se hace imaginar un 24 de diciembre sin su voz de fondo. El esfuerzo de escuchar el mensaje con toda atención, siempre ido al traste por alguna distracción inoportuna. No. La Nochebuena nunca será igual.

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