El supervillano

GonzaloILU

El problema de la corrupción es que ha dejado de sorprender. No hay periódico en el que no haya varias páginas dedicadas al tema, no hay informativo que no consuma sus minutos dándole vueltas a las financiaciones ilegales, los chanchullos urbanísticos y demás delitos derivados.

Se corre el riesgo de perder la perspectiva. Nunca parecerá normal esquilmar el erario público, pero con tanta repetición llega el hastío y, después, la desafección. Afortunadamente hay algunos casos concretos que, de tan obscenos, revuelven el estómago y vuelven a dar sentido a la queja.

El supervillano

Rafael Blasco, maestro de corrupción.

Es el caso de Rafael Blasco, político profesional, corrupto de alto copete. Este señor radicado en Valencia, lo que no suena a casualidad, comenzó sus días en la política como miembro del partido Socialista. Fue consejero autonómico (de obras públicas, gran novedad) con Joan Lerma hasta que alguien se dio cuenta de que era un gran corrupto. No fue condenado por aquellos delitos por algunos defectos de forma, un clásico en el sistema judicial español de la época.

No fue aquello su final, pues hay gente nacida en la supervivencia. Blasco, al que no parecen importante mucho las ideas, pasó al PP, donde fue bien aceptado. Fue portavoz del gobierno, consejero de la Generalitat, uno de los hombres fuertes de Francisco Camps. Nadie se extraña al ver este nombre en un texto sobre corrupción. Aquel hombre mandaba mucho y, enorme error, tenía acceso a presupuestos. En el último caso en el que le pillaron, que es el centro de este texto y se tratará más adelante, cayó en desgracia también en el PP y se quedó en las Cortes Valencianas entre los no inscritos.

¿Qué pasó en aquel caso? ¿Qué lo hace diferente? ¿Por qué un caso concreto nos hace abrir los ojos de nuevo? Porque una cosa es ser corrupto y otra ser grosero. El señor Rafael Blasco, y escribo señor porque sale solo, sin pensarlo mucho, ha sido condenado por meter la mano en los fondos de cooperación. Los valencianos, conmovidos por  los problemas del tercer mundo, donaron a Nicaragua 1,8 millones de euros. Pura solidaridad. Llegaron algo menos de 50.000 euros. El resto se quedó en el bolsillo de gente que, obviamente, no tenía ninguna necesidad.

Suena a malo de película. En ‘Crematorio’, la serie española con mejor crítica en los últimos años, los políticos y los constructores se reparten sobornos y presupuestos con mucha alegría. Es escandaloso, pero no peor que robarle al tercer mundo. Eso queda para otros, los malos de las películas de superhéroes, el señor Burns de los Simpson, que quería robarle el caramelo a un niño. Y Blasco, aunque no lleve ningún maquillaje excesivo ni sea amarillo, pertenece, por derecho propio a esa jauría de supervillanos. La sentencia, que le condena a ocho años de prisión, le ha hecho recapacitar. Dejará el acta de diputados, dos décadas después de lo que tendría que haber hecho. Francisco Camps, expresidente autonómico, le ha dicho que no lo haga. Tampoco sorprende.

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