“Cerocomacero”

PeterILU

Distintos azares del destino provocaron que cayera en mis manos un libro de Richy Castellanos (Madrid, 1968). Pude devolverlo a su estantería y haber optado por Proust. Pero, en vez de eso, elegí libremente leerme -en diagonal, todo hay que decirlo- la crónica de sus andanzas, redactadas por Eloy Arenas.

Qué quién es ese Castellanos, se preguntará usted. A grandes rasgos: el “relaciones públicas” más conocido de la noche madrileña. Un “selfmademán”, que diría el Larrañaga de Las verdes praderas (José Luis Garci, 1979). Si el retrato de sí mismo que arroja el libro es fiel, estamos ante un joven que en los años 90 vivía obsesionado con los famosos. Desde el puesto de Relaciones Públicas de gimnasios de alta gama, comenzó a saber dónde paraban y cuál era la mejor forma de abordarles. Poco a poco, se hizo un hueco en la organización de eventos con la correspondiente atención de celebridades. Suena extraño. Y quizá lo sea. Pero es un oficio. Y por lo que parece, se puede vivir de él.

El libro, qué quieren que les diga, da para poco. Se lee en dos patadas y sirve para conocer algo de la industria que se mueve en torno al “famoseo”. Alguna anécdota divertida y poco más. Arenas, suponemos que con el inestimable apoyo de Planeta, se ha “currado” los testimonios. José Mota, Santiago Segura, Pedro Ruiz, Guti, Amaia Salamanca… aparecen muchos.  Una caracterísitica es machaconamente citada como la mayor de las virtudes del personaje: es capaz de conseguir gratis todo lo que el VIP de turno le pida. Entradas a conciertos, copas en los sitios, cenorras en restaurantes de moda. Tanto es así, que la expresión fetiche de Castellanos no es otra que “cerocomacero”, en referencia al importe que el famoso en cuestión tendrá que abonar por su bien o servicio consumido.

Castellanos y sus famosos. Qué me dices! / Diez Minutos

Es este último detalle el que me ronda por la cabeza desde hace semanas. “Un hombre puede leer Guerra y Paz y pensar que ha leído una novelita de aventuras, otro puede leer el envoltorio de un chicle y desentrañar los misterios del universo.” Eso venía a decir Lex Luthor en el primer Superman (Richard Donner, 1978). No puedo evitar recordarlo al verme, a mí mismo, dándole vueltas (¡!) a El hombre que susurraba a los famosos. Yo no soy famoso. Tengo que pagar por las cosas los bienes que adquiero o los servicios que consumo. Me encantaría cobrar mucho dinero y poder no privarme de nada. Me parece estupendo que una persona cobre abundantes salarios. Y que lo haga en función de su fama; rentabilizando así el beneficio económico que vaya a obtener el pagador.

Pero esto del “cerocomacero” me ha superado. Castellanos, esto no se hace. A los famosos, lo que quieras. Pero pagando. Vamos, digo yo. ¿Por qué son precisamente los que pueden abonar todo los que no lo hacen? ¿Por qué no se les cae la cara de vergüenza cuando son invitados a un restaurante que se pueden permitir perfectamente?

En fin, son reflexiones que emergen tras la lectura. Tengo por ahí la Crítica de la razón pura. No creo ni que lo abra.  Lo que mi cerebro demanda es el próximo libro que descubra el “modus operandi” de nuestras celebs patrias. Si sale, tendré que comprarlo. O no. Lo mismo me lo dan por “cerocomacero”.

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS FAMOSOS

Richy Castellanos y Eloy Arenas

Planeta. Barcelona, 2013. 304 páginas. PVP: 17 euros.

 

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