El gran fracaso de Suárez

PeterILUMurió Suárez. ¿Cómo es posible que un fallecimiento tan esperado, que además corresponde a alguien al que el Alzheimer convirtió en extranjero de sí mismo hace una década, haya causado un duelo nacional de semejantes proporciones? Merece la pena darle una pensada para encontrar algunos porqués.

Muriendo, Suárez volvió a la vida. Dejó de ser un objeto decorativo y una pura imagen del pasado. Nos recordó que hubo un tiempo en nuestra Historia reciente del que nos podemos sentir orgullosos. Sí. Orgullosos. Hagan la prueba: analicen un poco qué clase de personas suelen despotricar contra la Transición. De un lado, ultraderechistas que nunca hubieran legalizado el PCE ni apostado por las autonomías (los males de éstas vinieron después, es importante no olvidarlo). Del otro, izquierdistas radicales que no comprenden cómo no se ejecutó sumariamente a todo aquel que, cuarenta años después de la Guerra Civil, hubiese tenido algo que ver con el franquismo y que, con gusto, hubiese formado el brazo mediterráneo de la URSS.

En estos días ha sido tal el caudal informativo y analítico sobre el papel de Adolfo Suárez en la Transición que sería ocioso por nuestra parte darle otra vuelta de tuerca. Por eso, vamos a poner el foco en la siguiente etapa de su carrera política. Es (casi) igual de apasionante, pero suele ocupar unas últimas páginas apresuradas en los libros sobre su figura. Hablamos, claro, del Centro Democrático y Social (CDS) y del hecho, triste, de que no se consolidara como una fuerza política de referencia en nuestro país.

Cartel electoral del CDS en 1982 (Fuente: RTVE)

De dónde sale el CDS

Algo me dice que se avecinan días en que se va a recordar mucho el invierno de 1981. Por si acaso, un resumen. En medio de una insoportable tensión -es muy recomendable la lectura de Anatomía de un instante para comprenderla en su justa medida- Adolfo Suárez presenta su dimisión como presidente del Gobierno. Para el recuerdo, su discurso. En la investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, el 23-F. Quedamos en que no volveríamos sobre lo obvio, pero… ¡ay, esa foto!  Fuera de La Moncloa, Suárez se propone seguir fiel a UCD. El empeño no dura mucho. Hacia el verano de 1982, la endeblez del partido en el Gobierno es insostenible. Calvo-Sotelo disuelve a finales de agosto. Para entonces, hace un mes que Suárez ha abandonado la formación y ha presentado en sociedad el CDS.  Quizá no sea el más sesudo de los argumentos de autoridad, pero la serie Cuéntame cómo pasó ha dado, en los capítulos de la temporada en curso, fiel reflejo de los entresijos de su formación. El resumen, muy a vuelapluma, podría ser el de un partidillo presidencialista, hecho como un traje-sastre a la medida de su fundador. Llegan las elecciones del 29 de octubre. La marea socialista se lleva todo por delante. 202 escaños y el inicio de la nueva era. ¿Qué fue de la UCD? El partido en el Gobierno ni siquiera presenta al presidente como candidato. Landelino Lavilla representó a la formación que en aquel entonces tenía el poder y 168 diputados. El resultado, no por conocido, es menos escalofriante: pérdida del 77.3% de sus votos y de 155 diputados. Se quedaron en 11, vaya. El partido que había vertebrado la España democrática se disolvería a principios de 1983. La Alianza Popular de Fraga, convidada de piedra de la Transición, se convierte en la referencia como oposición a Felipe González y Alfonso Guerra. Entre medias, Suárez asoma la cabecita. El CDS obtiene dos escaños; uno el de su líder, en Madrid, y otro el de su fiel escudero Agustín Rodríguez-Sahagún, en Ávila. El ex presidente queda, en un primer momento, decepcionado con los resultados. Visto con un poco de perspectiva, fue un gran éxito. Aposentarse en el Congreso desde la nada, con semejante perfil “outsider”, puede considerarse un logro. Fueron 604.309 votos, ojo. Y todo sin echar mano, como le recomendaban sus asesores, de la famosa foto del 23-F.

Cartel electoral del CDS en 1986 (Fuente: archivoelectoral.org)

1986/87: Suárez resucita.

Y es que, al final, lo importante es estar ahí. El Congreso garantiza minutos en la todavía monopolística Televisión Española (TVE). Permite, aunque sea en turnos no muy extensos, medirse al Gobierno ante cámaras y micrófonos. Suárez recupera mucho del terreno perdido durante la convulsa gestión gubernamental del periodo 79/81. El PSOE, desde Moncloa, no puede sino desgastarse, aunque ya se iría viendo que ese proceso iba a ser extraordinariamente paulatino. Fraga ha conseguido ser el jefe de la oposición. Pero, ¿puede un ex ministro de Franco llegar a presidir el Gobierno? Ante este panorama, Suárez sube como la espuma. Las operaciones externas para resucitar una gran formación de gobierno más o menos centrista tienen detrás mucho dinero pero pocas esperanzas de éxito.

Así llega la campanada en las elecciones generales del 86: 1.861.912 votos y 19 (¡19!) escaños. El PSOE apenas pierde; seguirá contando con mayoría absoluta los siguientes cuatro años. La teórica alternativa, AP, retrocede dos diputados. Todo sigue igual excepto la aparición de Izquierda Unida (IU) y el subidón de Suárez y el CDS. Es la “niña bonita”. El político acabado hacía un lustro vuelve a brillar como estrella rutilante.  Al parecer, la reciente biografía de uno de sus responsables desarrolla las claves del éxito de aquella campaña. Hablábamos antes del poder arrollador de TVE antes de la existencia de las privadas. No son pocos los que citan como elemento fundamental de la campanada la aparición del candidato en el espacio de entrevistas que entonces presentaba Mercedes Milá, De jueves a jueves. Leído con ojos de hoy, el dato parece un poco estrambótico. Pero sepa Dios.

La racha ascendente continuaría al año siguiente. El CDS es la gran estrella de las municipales y autonómicas de 1987. Tiene concejal hasta en Bilbao. Se convierte en llave de gobierno de muy importantes localidades y regiones. Esta crónica del diario El País es muy ilustrativa. “A por ellos”, cita Valdecantos en el titular. Aquí empezamos a apreciar cuál fue el gran error de Suárez al que hace mención nuestro título. Los gritos no se refieren a AP, que entonces está inmersa en una aguda crisis de liderazgo. Van dirigidos al PSOE. A Suárez parece cegarle la ambición. No le basta con paladear el enorme éxito que tiene delante: el de consolidar una tercera fuerza nacional que sepa equilibrar el poder entre un gran partido socialista y otro de tinte conservador clásico. Su objetivo no es otro que el de volver a La Moncloa. Así lo dice sin disimulo a distintos periodistas. Todo lo que sea alejarse de ese propósito va a ser considerado un fracaso.

Cartel electoral del CDS en 1989 (Fuente: Libertad Digital)

Una bisagra quimérica

A menudo, el CDS fue acusado de indefinición ideológica. Por aquella época, el ex falangista Suárez gustaba de definirse a sí mismo como un socialdemócrata. Pero, a la hora de tomar partido en la escena internacional, los centristas españoles se decantaron por los liberales. La derecha les acusaba de ser una buena muleta parlamentaria para el PSOE, cuya necesidad de apoyos era mera cosmética. Ya en 1982, los dos diputados del CDS le habían dado un (dos) voto(s) de confianza en la sesión de investidura de González. José María Aznar, por su parte, pudo ser presidente de Castilla y León gracias al apoyo del CDS.

La situación da un giro en 1989. El CDS y el recién refundado Partido Popular (PP) alcanzan acuerdos de gobierno en ayuntamientos y comunidades a mitad de legislatura. Fraga había vuelto efímeramente al liderazgo para poner orden tras la etapa de Hernández Mancha. El escenario principal es uno de los más frecuentes centros de atención de las intrigas políticas: Madrid. El acuerdo pasa porque el centrista Rodríguez Sahagún desplace a Juan Barranco de la alcaldía a cambio de que el popular Alberto Ruiz-Gallardón hiciese lo propio con Joaquín Leguina en la Comunidad. La primera parte de la operación prospera. La segunda no, gracias al transfuguismo. Sea como fuere, el impacto sobre la percepción ciudadana del CDS va a tornarse letal.

La consecuencia inmediata son las elecciones generales del 29 de octubre. Formalmente, el PSOE pierde la mayoría absoluta. De facto, la mantiene, al faltarle sólo un escaño, compensado con la ausencia sistemática durante la legislatura de los cuatro diputados de Herri Batasuna (HB). Suárez queda muy contrariado. Durante los tres años anteriores no cesaba de repetir que en 1990 (el año en que se debían haber celebrado las adelantadas elecciones) volvería a residir en La Moncloa. Los resultados del CDS fueron interpretados como una tragedia. Los años transcurridos nos convencen de lo equivocado de ese diagnóstico. 1.617.716 votos y 14 escaños. Son cinco menos, sí. La IU de Anguita le ha desplazado del podio, vale. El PP se ha presentado con Aznar como apresurado candidato. El desmorone previsto se convierte en un ligero repunte (dos diputados más) respecto a la marca de Fraga. Pero en 2014, en medio de insistentes comentarios sobre la “crisis del bipartidismo”, los resultados del CDS suponen un rico patrimonio que ya quisieran para sí los aspirantes a mermar la hegemonía del PP y PSOE. Recuerden la noche electoral de 2011. IU aplaudió con las orejas al haber conseguido 11 diputados (tres menos que Suárez en el 89) y todo el mundo reconoció el mérito de Unión Progreso y Democracia (UPyD) al consolidar una cuarta fuerza política nacional… con cinco escaños (casi un tercio que los que consiguió el teóricamente fracasado ex presidente).

Pero en octubre del 89 nadie lo ve así. El recién nacido diario El Mundo habla de “atonía” en la formación y en su líder, que enarbola banderas tan audaces como el fin de la “mili“.

Se acelera el fin

Los años noventa empiezan resucitando los peores fantasmas de UCD. Hacer un partido diametralmente opuesto en su estructura no le libra de las tensiones internas.  En estas, vienen las municipales y autonómicas de 1991. Ahora sí, un desastre. De gobernar la ciudad de Madrid a no obtener un sólo concejal. (El alcalde Sahagún, ya muy enfermo, ni es candidato ni participa en la campaña). Adiós a la presencia en ayuntamientos y parlamentos autonómicos. El electorado no compra el mensaje del CDS. El centrismo sociológco queda embaucado por los insistentes anzuelos que les lanza el nuevo líder del PP. Aznar tiene claro que para derrotar al PSOE necesita superar la meta volante del partido de Suárez. El duque, que no es candidato a nada esa noche, entiende los resultados como una carta dirigida a su persona. La misma noche electoral del 26 de mayo, dimite. A la vuelta del verano, también dice adiós a su escaño en el Congreso. Queda la mitad de la legislatura. En su discurso, Suárez se muestra convencido de que su marcha ayudará al partido a ser determinante. Lo supiera o no, se equivocaba.

Cartel electoral del CDS en 1993 (Fuente: UAB)

 

Aún sin Suárez, el CDS encara las elecciones generales de 1993 con un grupo parlamentario de 14 diputados, con lo que eso supone a la hora de tener presencia mediática, aunque sólo fuera por los espacios gratuitos obligatorios en “prime-time”. Su candidato es un ex ministro de UCD, Rafael Calvo Ortega. Para la Historia ha quedado la pérdida de todos y cada uno de los escaños del partido. Cero diputados. Estuvo a punto de no ser así. Faltaron unas pocas papeletas para que Calvo Ortega hubiese sido diputado por Madrid. ¿Qué hubiese pasado de haberlo conseguido? Es política-ficción, pero es divertido imaginar probabilidades. Aún así, 414.740 votos en toda España. En 2008, UPyD tuvo 306.079, con escaño para Rosa Díez. Ojo.

Las elecciones europeas de 1994 son las últimas que el CDS encara desde el sistema, al haber obtenido representación en las del 89. Su candidato es Eduard Punset. Hoy arrasaría, pero entonces todavía no era una figura mediática. Han adivinado: el partido desapareció también del Parlamento Europeo.

Un triste final

Recordar el final del CDS da un poco de apuro, a poco que se simpatice con lo que ese partido quiso ser. Se paseó por toda elección que hubo en España desde mediados de los noventa con cochambrosos resultados. Como mera anécdota, consigue gobernar toda una capital de provincia –Segovia– con apenas dos concejales, durante la legislatura 1999-2003. A finales de 1999, el ex banquero Mario Conde, al que se le atribuyen escarceos poco claros con la formación en el pasado, se hace con las siglas, entonces presididas por María Teresa Gómez-Limón. Quiere ser diputado en los comicios generales de 2000 para ganar aforamiento, pero la jugada está lejos de salirle bien. Era lo que le faltaba al partido; una coda freak. En 2005, la propia Gómez-Limón promueve la integración en el PP. Mariano Rajoy lo aprovecha para enarbolar la bandera del centrismo. Posteriormente, fieles al partido resucitan las siglas, generando incluso conflictos en los tribunales. De todo menos votos.

El gran error de Suárez

No estructurar el CDS como un partido intermedio entre PP y PSOE, que fuera capaz de sobrevivir a la propia trayectoria política de su fundador. Ése fue el gran error de Adolfo Suárez. Como hemos ido viendo, tuvo tan difícil empresa delante de las narices. No supo o no quiso verla. Ahora que acabamos de despedirle con todos los honores que se merecía, es imposible no constatar ese fracaso con algo de pena. ¡Qué cerca estuvo!

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