Borgen y la Marca España

GonzaloILULlevo unos días viendo Borgen. Otra vez. Quizá aquí sea necesaria una explicación. Borgen es una serie danesa difícil de encontrar en España, de esas que cuando son nombradas suelen provocar ceños fruncidos alrededor. También es una maravilla que merece ser vista, aunque sea en danés y sólo se encuentren los subtítulos en inglés.

La historia versa sobre la política danesa y sus relaciones con la prensa, entre otras muchas cosas. Es un Ala Oeste a la europea o, para ser justos, a la nórdica. Tan lejos queda de España la brillantez de Bartlett como la bonhomía de Nyborg. Esto no quiere decir que sean todos perfectos, que no fallen, que no tengan problemas, algunos de ellos importantes. Pero todo parece previamente pasteurizado, como si en Copenhague los buenos propósitos siempre terminasen por imponerse.

Birgitte Nyborg, la primera ministra que usted también querría tener.

Birgitte Nyborg, la primera ministra que usted también querría tener.

No conozco Dinamarca, aunque ahora tengo muchas ganas. No soy un empresario, pero me gustaría tener negocios con esa gente que se muestra tan solvente y comprensiva. Parece un lugar frío, sin duda también caro, pero la imagen que arroja la serie es de esas que te piden coger un avión lo antes posible.

Desconozco el proceso de concepción de una serie, pero algo me dice que no tuvo nada que ver con ningún alto comisionado. No sé si en Dinamarca están preocupados por la marca Dinamarca, algo que en su imposible idioma seguro que no rima. Lo más probable es que un tipo con talento se fijase en lo que había y de ahí sacase las tres temporadas. En España no hubiese salido igual porque nuestra realidad es la que es. Aquí habría más corrupción y menos debate (los líderes políticos en la serie están en televisión más tiempo que en sus casas, cualquier periodista se estremecería). Menos democracia y más intentos de vender burras.

El otro día fue Miguel Cardenal, secretario de Estado para el Deporte, el que invocaba la Marca España. En aquel momento era para defender a un club, el Barcelona, ante las acusaciones de corrupción. El tema no es la corrupción sino la imagen, o eso quieren contarnos cada vez que invocan al organismo que preside (Alto Comisionado lo llaman) Espinosa de los Monteros.

La publicidad es un mundo fascinante que habla de imágenes y no de sustancia, pero en la política tiene demasiado peligro. Porque el problema no es cómo nos ven el resto sino cómo somos de verdad. Cuando el New York Times saca un artículo (¡en portada!) de la pobreza en las calles españolas o del paro o de la corrupción nuestro drama no es que haya unos señores en Estados Unidos que quieran escribir sobre el tema, sino que todo existe de verdad.

Podemos intentar poner celofán en la cubierta para que los colores sean más brillantes y bonitos, pero solventar la imagen no distraerá la cuestión principal. Si España tiene ciertos lastres de su imagen en el extranjero no es porque falle la venta del país y si Dinamarca siempre aparece paradisíaca es porque, en general, las cosas funcionan. La mejor manera de remontar no es un Alto Comisionado, un despacho con vistas y unas cuantas conferencias sino cambiando realmente. Ahora está por ver si nos atrevemos a ser mejores.

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