#Mibomboesmio

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elmundo.es

PeterILUEl aborto es un asunto serio. Muy embarullado tiene que estar el tema para que haya que empezar un texto al respecto con semejante perogrullez. Lo visto y oído desde que el Gobierno presentase su anteproyecto de reforma  deja las cosas a ese nivel.

Pocos temas despiertan tantas pasiones. Sus defensores y detractores son numerosos y ruidosos. La escala de grises desaparece de la escena. En su lugar, el debate es absorbido por la consigna y la pancarta. Los detractores han sido prácticamente monopolizados por la Iglesia Católica. Sorprende que no se hayan constituido reflexiones sólidas discrepantes -o, por lo menos, escépticas- contra el particular desde posiciones agnósticas, ateas o que sean capaces de dejar la religión al margen de un asunto que, en el modesto juicio de quién esto escribe, es más terrenal que trascendental. Los defensores, por su parte, han sido tradicionalmente llevados de la mano del feminismo más simplón. Es el autor de ese “nosotras parimos, nosotras decidimos” que tan bien resume el espíritu del pro abortismo patrio.

Entre medias, se sitúa lo que todavía pienso es la mayoría. Es posible que confunda mis deseos con la realidad. Desde luego, milito con fervor en esa posición, y siempre es reconfortante sentirse acompañado. Pensamos que el aborto es siempre un mal, pero en ocasiones resulta un mal menor que soluciona situaciones muy complicadas. No queremos que se criminalice. Somos conscientes de que es algo tan viejo como el mundo, y por eso queremos que se realice dentro de un marco de máximas garantías sanitarias. ¿Quedaba ese escenario cubierto con la Ley de 1985? Es posible. ¿Y con la de 2010? También, ¿por qué no? No llevaba en vigor el suficiente tiempo como para llegar a conclusiones sólidas.

Lo realmente importante es no frivolizar. Resultaba intolerable, por ejemplo, que el texto legal vigente contemplara una excepción en la mayoría de edad (¡!) y permitiera que menores a partir de los 16 años abortaran sin el consentimiento de sus responsables legales. Es, quizás, el máximo exponente de esa reducción al absurdo del tema que tanto daño ha hecho, y que ha imposibilitado un debate serio y adulto sobre el particular en la sociedad española.

Desengañémonos: el aborto es un dilema moral de primerísima magnitud. De hecho, es el mayor al que una persona corriente tiene verdaderas posibilidades de enfrentarse en algún momento de su vida. La defensa del aborto tiende a limar tanto las aristas del tema que las elimina por completo. Está totalmente encajada en la lucha cotidiana izquierda/derecha. Como la Iglesia ha monopolizado los argumentos en contra, y cerrado los espacios intermedios, cualquier “pero” es objeto de una feroz reprimenda.

Todo puede discutirse desde planteamientos honestos. Pero la defensa ardorosa del aborto ha hecho un dibujo de la situación simplista hasta la náusea. No existe el concebido. El derecho a decidir de la mujer se expresa en unos términos en los que pareciera que no hubiese habido relación sexual que provocase el embarazo. El aborto se enmascara bajo una denominación, “interrupción voluntaria del embarazo”, que no describe con la adecuada precisión el hecho en sí. Estos y otros aspectos distorsionan la cuestión de fondo. Hablábamos antes de mal menor. Los argumentos a favor parecen venderlo como un bien. Es una peligrosa ligereza en la que nunca se debe caer.

Echo de menos un nuevo enfoque. Alguno que hable de alternativas, que presente el aborto como la última y menos recomendable de las situaciones. Que centre sus esfuerzos en la sexualidad responsable y en los métodos anticonceptivos, entre los cuales no puede figurar nunca el aborto, que es harina de otro costal.

Los plazos, los supuestos, la oportunidad de la reforma, el hecho de que sea más restrictiva que la del 85… Insisto: todo es debatible desde la seriedad y sin dogmatismos.

El aborto es un asunto serio. No creo que quepa, por mucho que se apretuje, en una etiqueta titulada #mibomboesmio.

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