El lado erróneo de la historia

GonzaloILUGeorge Wallace se plantó delante de la puerta de la Universidad de Georgia para impedir que dos alumnos negros se inscribiesen en el curso de 1963. Él era un popular gobernador demócrata miembro de un partido que, en el sur, aún no se había dado cuenta de que los tiempos habían cambiado y de que no se puede marchar contra la historia. La política americana estaba cerca de dar un vuelco que tuvo a los Demócratas lejos del poder durante cerca de dos décadas.

Liz Cheney, candidata al Senado por Wyoming.

Liz Cheney, candidata al Senado por Wyoming.

La gente cambió de parecer. El racismo, que antes había dado buenos réditos políticos, perdió vigencia. Dejó de ser aceptable, el trabajo de unos pocos valientes como Martin Luther King con sus discursos o Thurgood Marshall desde el Tribunal Supremo dio sus frutos. Los temas cambiaron la agenda de los años 50 y 60 dejó de funcionar. Todo era cosa de adaptarse y, en aquella ocasión, los Republicanos lo hicieron mejor. Tras la presidencia de Lyndon Johnson los demócratas vivieron en la indefinición, incapaces de identificar las tendencias de la sociedad para realizar una propuesta política sólida. Nixon, Ford, Reagan, Bush, muchos años de éxitos políticos de un partido sólo detenidos por Carter, que se benefició del escándalo del Watergate para alcanzar la presidencia y sólo duró un mandato.

La historia no deja de cambiar y ahora, justo ahora, los cambios siguen dándose aunque muchos no se hayan dado cuenta. El partido Republicano va perdiendo la partida en dos temas que marcarán los próximos años: la inmigración y los derechos de los homosexuales. Pongamos ejemplos recientes que muestran la deriva de un partido cada vez más conservador en un mundo que cada día lo es menos. Arrastrado por el Tea Party, una amalgama de tendencias que incluye libertarios, religiosos, constitucionalistas y demás grupos fácilmente identificables, el partido Republicano ha decidido enfrentarse al avance de cualquiera de estas cuestiones.

Marco Rubio, senador por Florida.

Marco Rubio, senador por Florida.

Liz Cheney quiere ser candidata al Senado por Wyoming, un sitio en el que no ha vivido mucho tiempo pues Liz es hija de Dick, uno de los hombres más importantes de Washington en las últimas décadas. Cheney, conservadora radical, tertuliana de excepción, subalterna de su padre, ha tenido que dar un duro paso para conseguir alguna opción en su lucha por llegar a ser candidata: Rechazar a su hermana. Mary, que así se llama, es lesbiana. Su condición sexual es algo aceptado en la familia, nunca fue un problema salvo cuando Liz emprendió su carrera política. Las dos hermanas, hasta el momento muy unidas, se han distanciado. El padre, que nunca había tenido un reproche con Mary, ha apoyado a Liz. Para reinar en Wyoming, el estado que tiene el mismo número de Senadores en Washington (2) que de escaleras mecánicas, aún es necesaria esa retórica que al partido Republicano tan bien se le da, pero en el país las cosas están menos claras. Un estudio del Washington Post afirma que el 57% de los estadounidenses está a favor del matrimonio homosexual, una cifra espectacular si se tiene en cuenta que en 1996 suponían un 27% de partidarios de la cuestión y en 2005 un 39%. Los datos en la población joven se disparan. Cada año nuevos estados legislan abriendo la mano a las uniones civiles.

El punto de inflexión es evidente; la sociedad se aleja y en el partido no han sido capaces de ver que el suelo se ha movido bajo sus pies. No es el único motivo. La retórica anti inmigración es cada vez mayor. El Tea Party utiliza con frecuencia ese discurso en el que todo lo que llega desde fuera, especialmente si viene de Hispanoamérica, es un tumor a extirpar. Lo sabe Marco Rubio, uno de los niños bonitos del partido que colaboró con los demócratas en la última regulación sobre el tema. Su intento de construir una ley más abierta, un esfuerzo que casi se diría necesario al ser él mismo hijo de inmigrantes en Florida, le ha puesto en muy mala situación de cara a sus ambiciones futuras. Su discurso no encaja con el del partido y es difícil que consiga ser nominado a la presidencia. Rubio acierta el diagnóstico, pero no lo podrá imponer. En las elecciones de 2012 Obama ganó holgadamente a pesar de tener en contra un 60% de los votos de los blancos. Estados como Arizona, Nevada o Texas, con cada día más población inmigrante, pueden en un futuro no muy lejano caer en manos de los Demócratas. Un cambio de ese estilo llevará a que los Republicanos, para ganar, necesiten que el presidente demócrata de turno tenga un desgaste descomunal para poder ocupar la Casa Blanca.

Los grupos demográficos que se oponen al futuro siempre son los mismos. Los demócratas de Wallace se parecen mucho a los Republicanos del Tea Party, los que en su día fueron segregacionistas hoy se alinean con la derecha cristiana. Los políticos que siguen esa doctrina tienen cierto éxito dentro del partido, pues aún son esos, los radicales, los que mueven los hilos. Pero la sociedad cambia y si el discurso no se mueve junto a ella los sueños electorales pueden esfumarse por el camino.

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