Una guerra de huevos por Halloween (I)

RamonILUSe acerca Halloween. La noche de las brujas. Y de los gilipollas. La noche del 31 de octubre se celebra en todo el mundo porque los yankees nos lo han colado a base de bien (cine, publicidad). Como Santa Claus, San Valentín y esas tantas tonterías.

Siempre que se acerca esta fecha me acuerdo de mi hermana Pitu, que cumple años. Es una buena bruja. Pero también me acuerdo de mi adolescencia en La Piovera.

La Piovera es un barrio de las afueras de Madrid. De los denominados pijos. Nos llamaban los pijoveros. Esta colonia, cuando se construyó en los 70, se llenó de yankees. Sí, aunque no lo parezca, los militares estadounidenses de la base de Torrejón se afincaron en La Pio. Había por todos lados. Instauraron la fiesta de Halloween por el barrio. “Truco o trato”, tenían que decir los niños al llamar a las casas. ¿Qué es esa tontería? Nunca lo he entendido y nunca lo entenderé.

El caso es que los españolitos que fuimos llegando a La Piovera instauramos nuestra propia fiesta de Halloween. ¿En qué consistía? En una guerra de huevos por todo el barrio. Sí, ahora dirán que los gilipollas éramos nosotros pero nos lo pasábamos de puta madre (con perdón).

Un huevo aplastado en el suelo. Cientos de ellos se veían todos los primeros de noviembre. Wikimedia Commons

Un huevo aplastado en el suelo. Cientos de ellos se veían todos los primeros de noviembre. Wikimedia Commons

Se formaban varios grupos de jóvenes por el barrio y entre ellos se montaba la guerra. En los primeros años, las huevadas eran entre los chavales del barrio. Por todas calles y callejuelas. Algunos se subían a los árboles para acribillar a sus rivales (¿verdad Loco?).

Normalmente los jóvenes y adolescentes de La Piovera iban disfrazados. De cualquier cosa valía. Desde cura hasta Frankenstein. De monstruo o de principito. Lo más importante era ir cómodo, por eso la gran mayoría iba con un chándal guarro.

Tras varios años sin molestar al vecindario, el cachondeo de los huevos se trasladó a las distintas fincas. Había dos ejes fundamentales. La calle Sándalo y Guadalajara. Los huevos volaban por todos lados. Desde las ventanas de las casas, desde la calle dirección al portal o al jardín. Incluso de algunos locales. Cualquier escondite era bueno. Uno de los sitios predilectos de los golfos de La Pio era el supermercado de Valentín (o del Valento como decíamos). El muy perro vendía huevos los días previos como en su vida. Sabía que las ventas se disparaban aunque después le cayera alguno que otro.

Algunos pintaban y decoraban los huevos. Eso es muy típico en EEUU. digivickie.com

Algunos pintaban y decoraban los huevos. Eso es muy típico en EEUU. digivickie.com

“Cabrones, cabrones, dejadme en paz”, gritaba Emilio “el Orejas”, el dueño del Ondina, un quiosco de chucherías y guarradas varias. Le llovían huevos por todos lados. Siempre era uno de los blancos favoritos por el cabreo que se cogía el hombre. Pobrecillo. Cosas de chicos.

Cada año nos superábamos en las estrategias. “Vosotros id por allí y nosotros por detrás y les ponemos las pilas”. Íbamos preparados hasta arriba. Era nuestro juego de guerra. Como ahora el paintball. Mochilas a reventar de docenas de huevos. Los escondíamos por la calle para que no nos los quitaran los mayores. Las risas y la tensión se entremezclaban en los gritos de los protagonistas de la batalla.

El caso es que todo lo que se movía era un blanco. La noche confundía a las pequeñas mentes de los jóvenes de La Pio. Como a Dinio. Los autobuses iban bañados de naranja yema (mi amigo Ricky lanzó uno a un 115 cuando le grababa Madrid Directo), los taxis pillaban por todos lados. El premio era meterlo por la ventanilla si iba abierta. Pero cualquier coche también. Mi amigo Luiggi lanzó un huevo a un coche de autoescuela y a que no sabéis que sucedió. Se bajó del coche su hermano con muy malas pulgas. La carrera de Luis la habría firmado el mismísimo Usain Bolt.

La verdad es que las carreras se sucedían por todas las calles. Éramos unos gamberros que nos lo pasábamos muy bien. Era muy divertido hasta que se nos fue de las manos.

Esto os lo contaré en la segunda parte.

¿Quieres saber más de Ramón Roca?  RamonILU

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