Canciones para escuchar con atención (I)

PeterILULa radio ha conseguido que no valoremos las canciones. Me explico. Radiofórmulas como M80, Rock FM u Onda Melodía machacan tan a menudo temas inmortales que han conseguido que los escuchemos sin reparar, como es debido, en su calidad. Para evitarlo les propongo un ejercicio. Consiste en ir rescatando, de vez en cuando, alguno de esos temas y hacer el esfuerzo de escucharlo con toda la atención. No como si fuera la primera vez… pero casi. Impedir que sean un hilo musical mientras llegamos a nuestra salida de una gran carretera de circunvalación, y paladearla como se merece.

American Pie es una magnífica manera de empezar. Fue el tema que dio título y abrió el segundo disco de estudio de Don McClean (1945), lanzado al mercado en el mes de octubre de 1971. Las radios suelen pincharla en una versión editada que no deja de ser un parche. La canción original merece ser disfrutada en su versión íntegra, de más de ocho minutos y medio de duración. Para entender el significado de la tonada, hay que retrotraerse al 3 de febrero de 1959, o, como dice la letra, “el día que murió la música”. Esa noche, un accidente de avión acabó con las vidas de Buddy Holly, Ritchie Valens y la banda The Big Bopper. Valens había sido el intérprete del gigantesco éxito La Bamba, y su muerte aparecía reflejada al final de la película homónima. En aquel entonces, McLean era un chaval que repartía periódicos y se enteró de la noticia al verla en portada. La muerte de Holly fue la que más le impactó. Sus sensaciones de aquella noche quedaron condensadas doce años después en esta canción inmortal, que según su autor refleja el cambio vivido por la sociedad de Estados Unidos entre los inocentes años 50 y los convulsos 60. Súmese la también confesa influencia del excelente disco de los Beatles, Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, aparecido en 1967.

American Pie

La melancolía que debió sentir aquel chaval aparece perfectamente plasmada en los primeros segundos de canción. Si uno no supiera lo que viene después, pronosticaría que todo el tema va a ir por esos derroteros. La primera vez que afronta el estribillo intuimos que todo puede cambiar. ¡Vaya que si lo hace! Lo que sigue es una retahíla frenética de referencias culturales a uno de los ritmos más reconocibles de la Historia del Rock. Del mono inicial pasamos a un estéreo juguetón, hecho para impresionar a aquellos que tuvieran un Hi-Fi, en aquel entonces todavía artículo de lujo. Antes de terminar, cuando ya lleva seis minutos, Don McLean vuelve a la melancolía. Es la mejor manera de rematar el tema, y fijarlo en la mente del que lo escucha, para siempre.

Las canciones tienen mucho de magia. Al menos las buenas. ¿Cómo se explica, si no, que a un español de nuestro tiempo le emocione lo que un chaval de EEUU sintió allá por finales de los 50 al saber que uno de sus músicos favoritos había muerto? Porque se ha emocionado al escuchar American Pie, aunque sea la enésima vez. ¿O no?

McLean nunca superó el éxito de esta canción. Y eso que el propio disco American Pie contenía, al menos, dos joyas más: Vincent (también conocida como Starry Night) y una por la que tengo debilidad, Everybody loves me, baby. Quizá algún día hablaremos de ellas.

((American Pie ha sonado casi cuatro veces entera mientras escribía este texto. No está mal, ¿no?)

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